jueves, 3 de julio de 2008

Una mirada al hiperrealismo






Por Miguel Ángel Rego Robles
Ayer volvió ese pequeño nudo que florece en mi estómago cada vez que, en televisión, aparecen sucesos que hacen conseguir una serie de voces de boca de mis allegados para reclamar mi presencia. Dejé mis ocupaciones de golpe, algo que se consigue con pocas cosas, y en concreto, ésta es una de ellas, aparecer por el salón y ver el rostro de uno de los artistas que más admiro y por último ver su obra: Madrid desde las Torres blancas. Todo ello me hizo caer en la cuenta que pocas veces “artesanos” (como dicen por allá cruzando el gran charco, y acá, en su más fiel reflejo) acaparan los escasos minutos culturales, si es que los hay, dentro de los espacios informativos. Mi más sincera enhorabuena no solo a Antonio, sino a todo lo relacionado con él y con su evolución artística, desde el realismo mágico al hiperrealismo, del que me considero gran admirador. Es cierto que estoy en desacuerdo con los desorbitados precios, siendo consciente también del lugar donde se produjo, ya que cada vez me recuerda más a los fichajes de verano que hace “el Madrí”. Aunque siendo íntegro en el terreno que quiero abordar me alegro de ésta noticia, y de que Antonio ocupe el lugar que se merece por delante de otros como Tapies o Barceló.
Y es que surgen preguntas como la antes referida con la tasación y el valor mensurable. El vilipendiado artesano parece que se impone tanto en cotización, como en reconocimiento. Aun recuerdo a mi padre sorprendido hace poco tiempo cuando me decía que contemplaba como nunca antes había visto, obras hiperrealistas en el círculo galerista madrileño, y aun recuerdo como mi sonrisa se torcía irónicamente ante tal afirmación, no por falta de esperanza, sino por el énfasis objetivo de la realidad. Parece ser, como reza mi credo, que al final el que ríe el último ríe dos veces, aunque la cita que más definiría lo que quiero expresar sería que: el tiempo pone cada cosa en su sitio. Hiperrealismo, aquel “movimiento” con el que me identifico, y que me permite expresarme y exteriorizar mis vivencias y sentimientos; con el cual disfruto mis horas muertas ya que las transforma en todo lo contrario y me hace saborearlas con más dulzura cada día; movimiento con el que a veces coquetean y a veces se involucran de lleno personalidades como el propio Antonio, Isabel Guerra, Cristóbal Toral o el mas grande de todos en mi humilde opinión; Eduardo Naranjo. Y es así como lo siento y vivo. Cualquier comparación es odiosa, pero me gustaría asemejarlo con el estilo flamenco en la música, donde se logra la técnica extrema, además de un sentimiento de viveza que es difícil de conseguir con otros estilos, pureza en el brillo de sacar pinceladas/notas en cada momento precisas. Y es que como dice Antonio “lo único importante es que el trabajo tenga dignidad. Eso no hay que olvidarlo nunca”.
No quiero llegar a hacer un texto “reivindicativo” con el que se puedan tergiversar mis palabras, ya que respeto y me intereso por cualquier manifestación artística, pasada o presente, simplemente exponer mi satisfacción ante la noticia, ya que en la mayoría de los casos no se reconoce e incluso se echa por tierra el trabajo tan minucioso y de corazón que hacen los hiperrealistas. Estas palabras quizá son solo un derroche de rabia, de una persona que quiere seguir la estela de su padre, el cual es alabado por círculos cercanos y no tan cercanos gracias al arte que derrocha por los cuatro costados, y que a la hora de llegar al escalafón final, todo el trabajo de una vida dedicada a una de sus verdaderas razones de vivir, se ve pisoteada por el “artista” de turno, denominando “artista” a todo artista-basura que anda pululando las partes más recónditas de las personalidades de las altas esferas, o como yo digo, las bajas redomadas, que al fin y al cabo, son los que conjeturan el arte de hoy en día.

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