miércoles, 10 de septiembre de 2008

El reciclado como arma conceptual.

Por Andrea López Montero

Que curiosa y mágica resulta la acción de reciclar, con el “revivir” que conlleva.
Dotar a un antiguo material de un nuevo uso y una nueva vida, pero cuya constante de su anterior función (o sentido) es imborrable, y acude presta a la mente(a la memoria), siendo inevitable olvidar que antes fue.
La creado que escapa, una vez creado, al control del creador. La ironía de la vida que recogen clásicos como Frankenstein.
Pues aquello modificado o creado por el hombre, una vez pasa a formar parte del medio se agarra fieramente a él, sin ninguna posibilidad alquímica por parte del ser humano. Escapando al control de conseguir que ese objeto sea (pase a ser) esencialmente otra cosa.
Ese objeto ya ha sido, ya se le ha “llevado a la vida”, como si por el mismo acto de ser creado fuese indestructible (como si esa destrucción material no fuese posible en su esencia), y cuya creación en si misma predispone consecuencias ajenas al control de su creador, reacciones propias, por naturales e individuales.
Anécdota derivada de crear una máquina del tiempo (he aquí la resaca de los Cronocrímenes), que por haber sido en si misma hecha, rebasando los dominios naturales, deja abierta la cárcel en que se mantiene el caos y que se hace presente en pequeñas fisuras, aquellos titanes que pudieron ser controlados.
Que hablando de fisuras, parecieran ser más las que quiebran la organización de Guggenheim Bilbo. Aich.
Volviendo de nuevo al peligroso hecho de reciclar, que no es sino recrear. Parece haberse convertido en máquina de doble filo, pudiendo conllevar un atentado para la materia y para la esencia (que si bien son una, el modificar esas “partes inseparables” se erosionase el principio que justificó su existencia).
Arma de doble filo dado que la vida otorgada al objeto contiene sentimientos, pasando a ser materialización de los mismos, y por tanto atentando contra las emociones de las personas.
Y exaltado el valor conceptual del “todo” y añadido al discurso con esa supuesta necesidad de una sensibilidad casi mística que acompaña al artista, hace que el triunfo toque a quien sepa manejarlo. Jugar con los sentimientos y sensibilidades ajenas. Maniobrar con la psique humana.
Lo hace el redactor de Telecinco. Lo hace el artista conceptual de turno.
Distintos niveles (capas culturales), mismos mecanismos naturales. Manipulación en grados de sutileza.
Sutileza que no es sino escondite para la alta cultura, y cuya sinceridad para con las pasiones mundanas queda reducida a lo políticamente correcto. Así pues, refugiados en lo sutil que marca la diferencia entre el gazpacho y la emulsión de gazpacho. Curiosa forma de dejar insatisfecho al sentido.
Mientras que acciones de reciclar sinceras y causales, oportunas sencillamente, consecuan el olvido al ser la mente incapaz a priori de olvidar el uso común aprendido, memorizado, de un objeto.
Que una caja de galletas dentro de un laboratorio siga siendo una caja de galletas, cuando con toda lógica no es el sitio más idóneo a combinar con líquidos de revelado, digamos es sospechoso. En cambio, la mirada recorre la instancia sin reparar en ello, y no es sino en una búsqueda exhaustiva conforme a objetivos en que la caja de galletas puede no ser, o haber dejado de ser, una caja con galletas.
Algo que los familiares de Agustí Centelles, que ahora han encontrado múltiples fotografías descartadas por el fotógrafo en una de esas cajas de galletas, que de una manera más aprendida son caja de costura de madres y abuelas. Reciclado que cae en desuso, curioso juego temporal.
En cambio, el uso del reciclado en el arte actual es constante, el uso del objeto (cual sea) como evocador de una situación. Más listo quien más recicla, y quien mayor capacidad para evocar situaciones mediáticas tenga, valiendo para objetivos externos (impulsar la carrera artística de un neoconceptual).
Quizá mi sensibilidad ante lo que no puedo ver sino como palabrería va en aumento, y mi rechazo hacia la misma empieza a ser inoportuno o injustificado.
En cualquier caso, no puedo sino resaltar como sospechosa de palabrería la obra de Elena del Rivero “Un mapa artístico de la sinrazón”. Y es que esta artista valenciana, con estudio en Manhattan desde hace años entiende de reciclar. Tuvo a bien recibir en dicho estudio cascotes y papeles tras los atentados del 11S. Y hay pocas cosas que sensibilicen más al pueblo americano que este suceso.
Viendo quizá la oportunidad, (y quizá dado su recorrido profesional, pues en doce años, supongo, se ve demasiado y se traga (o no) bastantes juegos conceptuales) conservó los papeles, como relata el artículo publicado en El País.
“Entendió que el papel era el recuerdo físico de miles de personas, que podían estar vivos o muertos después de los atentados”.
Lo entendió y por ello quemó los nombres personales conservando el recuerdo físico a medias y salvándose de problemas. Modificando, manipulando pues dicho recuerdo físico. Como conservar un cuerpo y cortarle las huellas dactilares. Para no alentar problemas quizá con los allegados (dice: “respetar la privacidad de aquellas personas”) y así, curada en saludo y borrando a voluntad el “recuerdo físico” usó los papeles (dice: “para retratar el dolor, la tragedia, mapa emocional de los atentados”.
Tocando a la sensibilidad del pueblo y llamando la atención de un referente internacional. Antes, ya había hecho una instalación con trapos de cocina colgados del techo, que habían sido el papel con que había empapelado su casa seis meses, para retratar “La opresión a la que a veces nos somete el hogar”Y es que hoy reciclando se puede justificar cualquier idea, en vez de tirar la basura. Dado el literalismo interpretativo y la manipulación mediante el manejo virtuoso del lenguaje.

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