domingo, 23 de marzo de 2014

22M

Mientras agonizaba al primer presidente del gobierno democrático español, el eje Prado-Recoletos se llenaba de "extremistas" —así los llaman los pijos del monopoly— que manifestaban su voluntad por detener un proceso regresivo sin freno. Las autoridades competentes —¿o viceversa?— tenían claro el objetivo a seguir: cambiar el nombre de las cosas y alimentar la gazuza de sus fieles con manjares cuidadosamente adaptados a sus paladares. Las manifestaciones pacíficas contra los recortes deben ser "actos vandálicos de extremistas"... Porque lo importante no es resolver los problemas que nos afectan a todos, sino seguir en la poltrona.
Por la confluencia de signos opacos, me he acordado de aquel famoso artículo, firmado por Ricardo de la Cierva, lumbrera preclara y  fulgente de la intelectualidad de tiempos en blanco y sepia:

"¡Qué error, qué inmenso error!
Nada mejor que unas palabras de Franco para titular la crónica sobre el advenimiento del primer Gobierno de Franco en la Monarquía; el primer Gobierno franquista del postfranquísmo. Tal expresión no implica la menor connotación peyorativa, impropia en el cronista; es una simple y descarnada descripción. El error consiste, primeramente, en haber designado a un nuevo Gobierno de Franco cuando toda la opinión política interior y exterior -ojo, digo opinión política, no simplemente clase política- esperaba, después de la cordial defenestración de don Carlos Arias, la inauguración del primer Gobierno del nuevo régimen. Y en lugar de eso nos hemos topado con un error, un inmenso error. Esto es un Gobierno de Franco, primero, por lo inesperado y desvinculado de la opinión política; segundo, por la conjunción de las fuerzas sociales que articulaban el franquismo; tercero, porque aparenta una fachada diferente del contenido y las raíces; cuarto, porque deja al margen a las fuerzas siempre marginadas; la oposición, las regiones, la media nación femenina. (...)"

Mediante "ingeniosos" juegos de palabras, propios del pensamiento posmoderno y de la estrategia de los pijos del monopoly, Ricardo de la Cierva aludía al nombramiento de Adolfo Suárez, ese hombre que, seguramente con buena fe y exceso de ingenuidad, intentó homogeneizar el modelo político español sin tener en cuenta que los cambios políticos, si no son revolucionarios y aún siéndolo, están regidos implacablemente por la "lógica lampedusiana". Y Ricardo de la Cierva, que acabaría siendo ministro de cultura (con minúsculas) no estaba solo: casi todos los "analistas sesudos" de aquellos tiempos valoraron el nombramiento de Suárez como un "terrible error"...
Y sin embargo, el señor Suárez movió el timón del barco en la dirección "conveniente" hasta que, en su celo por hacerlo, chocó con los arrecifes que substanciaban las entretelas del proceso mencionado por Lampedusa. Y se desbocaron los turbios sucesos acaecidos en los alrededores de aquel también paradójico 23F... Obviamente, el señor Suárez no estaba familiarizado ni con Luchino Visconti ni con Giuseppe Tomasi di Lampedusa, era más de Catecismo y, acaso por razones de fuerza mayor, de las doctrinas del marqués de Estella. Cambió todo pero no cambió casi nada.




Hace muchos días se gestó "La Marcha por la Dignidad", substanciada mediante varias columnas que, mediante el coche de San Fernando —un rato a pié y un poco andando—, partieron de unas cuantas ciudades periféricas de España y se dirigieron hacia Madrid, donde debían confluir el día 22 de marzo...
Desde la plaza de Atocha hasta la de Colón se reunió un colectivo multicolor y peculiar; el ambiente sociológico era muy variado, diferente al de otras concentraciones o mareas; sin embargo, también estaban quienes se pasean por Madrid reclamando más dinero para Sanidad y Educación. Estaban los de siempre y muchos, muchísimos más. Los medios han cuantificado la asistencia según sus peculiares sentidos de "lo verdadero" y de "la decencia", entre 50.000 y 500.000 personas.
Desde la observación a pie de calle se veían muchas banderas, en amplio mosaico cromático, pero ninguna de esas que llaman "constitucionales" que, al parecer, se reservan para los actos protocolarios, religiosos y deportivos. Entre lo humano, dominaba lo heterogéneo de facha y actitud; de edad y condición; veiánse famosos y famosillos, conocidos, algunos amigos, legión de personas anónimas, pero también quienes emplean estos actos para hacer carrera profesional o política...  Lo más noble y lo más mezquino, como en cualquier situación humana.
El guión preestablecido se cumplió a la perfección, pero según comentan los medios, la manifestación convocada contra los recortes, que se desarrolló pacíficamente, a la postre derivó en actos violentos que produjeron varios heridos. Y los medios se ven "obligados" a transformar "la Marcha por la Dignidad" (y, por supuesto, contra los recortes) en "otra manifestación con desenlace violento". Sería interesante saber quién o quienes iniciaron los actos violentos y sobre todo, quienes estaban interesados en alterar "lo más noticiable" del evento: Cui bono, cui prodest?

Poco a poco, las cosas se complican en proceso acelerado y quienes juegan con estos juguetes peligrosos deberían saber que la noticia reiterada de la "manifestación violenta" puede animar a los sectores más radicalizados; a lo mejor ese el el objetivo y ya estamos contemplando los resultados de tanta manipulación regida por el sagrado principio de la codicia.
A medida que pasa el tiempo y se acumulan torpezas, es más difícil suponer la fórmula mágica apropiada para resolver nuestros problemas...

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