viernes, 20 de enero de 2017

De nuevo, Tristana

No es la primera vez que expreso mi admiración por el "estilo literario" de Benito Pérez Galdós; lo he hecho verbalmente muchas veces y por escrito, alguna más. Dicen que es el segundo gran escritor español detrás de Cervantes...  Y aunque suene a herejía grave, deseo indicar que mil veces me he preguntado por qué ha de pasear entre los dioses por detrás del alcalaino; y francamente no encuentro respuesta convincente; además, según cuentan quienes saben, en aquel lugar prodigioso los genios y los dioses no caminan en fila india sino en grupos fraternales.
En la sala Guirau del Centro Cultural de la Villa ofrecen Tristana en versión de Eduardo Galán y Sandra García, que con la dirección de Alberto Castrillo-Fererr, han compuesto una función digna de apreciar y sobre la que apenas se me ocurre un  pequeño —o no tan pequeño— reparo, que indicaré al final, porque es a esa parte de la obra a la que atañe. Hasta ese momento y aunque parezca arte de magia, dado lo complicado que es "convertir" una novela en teatro, la obra sigue con extraordinaria fidelidad el relato galdosiano... por supuesto, obviando aquello que en la estricta forma, lo caracteriza.
Los actores están muy bien excepto en un caso. Me ha gustado la escenografía, firmada por Mónica Boromello y el resto de los elementos que intervienen en la puesta en escena me han parecido oportunos... si exceptuamos el mal olor que condiciona en exceso la contemplación de cualquier representación en la sala Girau y que debiera ser resuelto de una puñetera vez, por no consolidar una imagen tercermundista realmente patética. Sí, ya sé que ha de ser muy caro, pero también lo son otras cosas y se hacen.

Foto Pedro gato; tomada de madridiario
Tal y como recogía Robert W. Dash, Emilia Pardo Bazán consideró que la novela estaba mal acabada, acaso porque Galdós empleó demasiadas energías en transformar Realidad en drama:

"...creíamos (y no era culpa nuestra el creerlo, porque fundamento no nos faltaba) que iba a presentarnos Galdós el terrible conflicto del hombre antiguo con el ideal nuevo, el choque de la coraza y la locomotora, y sólo encontramos un viejo condescendiente y terco a la vez, muy truchimán, una niña encandilada por un hombre bastante vulgar, y una historia inexpresiva que se desenlaza por medio de un suceso adventicio, de una fatalidad física, análoga a la caída de una teja o al vuelco de un coche ... Lo único que significan mis censuras (pues no niego que lo sean) es que Tristana prometía ser otra cosa; que Galdós nos dejó entrever un horizonte nuevo y amplio, y después corrió la cortina." (Nuevo Teatro Crítico, II 17, págs. 86-7)

Sin embargo, no todos los coetáneos la percibieron igual. Clarín replicó en los siguientes términos:

"La señora Pardo Bazán ve no sé qué esbozos de gran novela, que no llegó a escribirse, y cuyo asunto seria la esclavitud moral de la mujer. No creo que Tristana represente tal cosa. Yo veo allí puramente la representación bella de un destino gris atormentando un alma noble, bella, pero débil, de verdadera fuerza sólo para imaginar, para soñar, de muchas actitudes embrionistas, un alma como hay muchas en nuestro tiempo de medianías llenas de ideal y sin energía ni vocación seria, constante, definida. ¿Para qué hace falta que haga más que eso en una novela?" (Clarín op. cit pág. 252).


Desde cuando se formuló esa disyuntiva, habrán sido numerosos los debates sobre la novela, pero si nos atenemos a los hechos, la novela es lo que es y acaba como acaba, aunque a Emilia Pardo Bazán le hubiere gustado un desenlace más "elaborado" y menos sibilino.
Para evitar su ruina, don Lope —ya sexualmente incapaz (así queda expresado elípticamente pero con claridad en el texto)— acepta casarse con Tristana:

"Y el señor de Garrido (don Lope) , al mejorar de fortuna, tomó una casa mayor en el mismo paseo del Obelisco, la cual tenía un patio con honores de huerta. Revivió el anciano galán con el nuevo estado; parecía menos chocho, menos lelo, y sin saber cómo ni cuándo, próximo al acabamiento de su vida, sintió que le nacían inclinaciones que nunca tuvo, manías y querencias de pacífico burgués. Desconocía completamente aquel ardiente afán que le entró de plantar un arbolito, no parando [252] hasta lograr su deseo, hasta ver que el plantón arraigaba y se cubría de frescas hojas. Y el tiempo que la señora pasaba en la iglesia rezando, él, un tanto desilusionado ya de su afición religiosa, empleábalo en cuidar las seis gallinas y el arrogante gallo que en el patinillo tenía. ¡Qué deliciosos instantes! ¡Qué grata emoción... ver si ponían huevo, si este era grande, y, por fin, preparar la echadura para sacar pollitos, que al fin salieron, ¡ay!, graciosos, atrevidos y con ánimos para vivir mucho! D. Lope no cabía en sí de contento, y Tristana participaba de su alborozo. Por aquellos días, entrole a la cojita una nueva afición: el arte culinario en su rama importante de repostería. Una maestra muy hábil enseñole dos o tres tipos de pasteles, y los hacía tan bien, tan bien, que D. Lope, después de catarlos, se chupaba los dedos, y no cesaba de alabar a Dios. ¿Eran felices uno y otro?... Tal vez."

Supongo que, en ello, acaso esté el fundamento de lo hecho con esa novela al trasladarla al cine, por obra y gracia del gesto hosco de Buñuel y cuando, como ahora, se ha elaborado una versión "adaptada al siglo XXI".
Seguramente, al bueno de Buñuel le pareciera poco adecuado a sus intereses surrealistas, que Tristana acabara entre rezos y repostería y, con el auxilio de la capacidad inspiradora de Pabst, en contexto de metáfora perversa, convirtió al personaje en materialización gloriosa del par dialéctico definido entre Eros y Thanatos, en vengadora implacable casi tomada de la imagen simétrica del teatro de Calderón.

Tristana de Buñuel, 1970
Probablemente, como sucedió hace casi cincuenta años, el final de Galdós desentonara con las ideas predominantes en aquella época; y mucho me temo que, en esta ocasión, ha sucedido otro tanto. Paradójicamente, Eduardo Galán y Sandra García se han hecho eco del juicio de Emilia Pardo Bazán y, como hicieron los cristianos con la Ley de Moisés, han decidido rectificar la palabra divina, aunque con ello, hayan situado el argumento en un ambiente cultural más alejado de hoy que el texto galdosiano. Confieso que, con el paso de los años, la novela me parece más dotada de cualidades excepcionales para activar un reflexión especialmente crítica sobre lo tratado en ella: el peso descomunal de las tradiciones seculares, la hipocresía eclesiástica, la pervivencia de los rezagos feudales y, por supuesto, el poder de los viejos usos "patriarcales" en los ambientes socialmente reconocidos como "progresistas", tanto sobre los hombres como sobre las mujeres. El propio escritor debía ser consciente de cómo esas circunstancias le afectaban a él mismo... No obstante, soy consciente de que este juicio seguramente no sea mayoritario...

En todo caso, recomiendo encarecidamente la función: aunque en muchos aspectos se diluya la prosa de Galdós, en casi toda ella pervive milagrosamente su espíritu y eso es mucho, para quienes miramos hacia el Olimpo con delectación y envidia, que es virtud muy humana.

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