lunes, 6 de septiembre de 2010

La herencia de Gila en El Museo de la Evolución: Vuelva usted mañana.

Debo felicitar a los responsables del Museo de la Evolución haber conseguido plenamente una de las metas utópicas de todo museo: divertir. Imagino que su director es una persona con dotes para el espectáculo comparables a las de Tim Burton o Gila... Y lo cierto es que me acordé del gran cómico español, cuando a las puertas del museo me hicieron comprender la diferencia entre una broma y una cabronada. Decía Gila que si marcas un número de teléfono al azar a las dos de la mañana y preguntas por, pongamos por caso, Juan Palomo, la acción es una broma; si repetimos la llamada a las tres con la misma pregunta, habremos hecho una broma pesada. Y, por fin, una cabronada sería llamar a las cinco de la mañana y al oír del otro lado la voz adormilada del interlocutor, decir:
—¡Hola! Soy Juan Palomo. ¿Ha preguntado alguien por mí?
Una broma es que acudas a ver un museo de Burgos y te encuentres con que han cerrado unas cuantas salas por falta de personal.
Hace quince días, regresando del viaje a la Bureba, nos detuvimos unos minutos en Burgos, entre otras cosas, para recoger información sobre el Museo de la Evolución, inaugurado recientemente. Nos parecía sorprendente y maravilloso que en una de las ciudades de tradición religiosa más rancia de la península Ibérica, con instituciones políticas de matiz conservador, para envidia de Dawkins, se hubiera abierto un museo titulado en homenaje a las ideas de Darwin. Con la documentación turística en la mano, enfilamos la autopista de Valladolid...
En el cuadernillo del Museo de la Evolución, diseñado con pretensiones de espectacularidad, se recogen unas cuantas imágenes sugerentes, horarios, tarifas... Y textualmente: "Entrada gratuita: Menores de 8 años, desempleados, miembros del ICOM, Titulares de la tarjeta de Amigo, último domingo de cada mes”. Y, prevenidos por la dificultad de aparcar en Burgos en días laborables, nos dijimos: "Magnífico; acudiremos el 29 de agosto"
El 29 de agosto, a las 9 de la mañana, sin poder consultar en Internet la página del museo, nos poníamos en movimiento... A las 11,30, tras más de doscientos kilómetros de autopista en obras, encontrábamos aparcamiento en las inmediaciones. Sin prisas, disfrutando del celebrado frescor burgalés, que sólo es agradable durante la canícula, nos encaminábamos hacia la escalinata solemne de la entrada. Con el espíritu inflamado de curiosidad, cruzamos las puertas automáticas... Desde el hall se aprecia la majestuosidad del diseño de Juan Navarro Baldeweg y la práctica totalidad del museo, acaso diseñado con esa intención, para ser abarcado de un vistazo desde la entrada: me parece una interesante idea...
Nos llama la atención que en el museo apenas se vean otras aglomeraciones que dos o tres filas de diez personas en la planta baja (-1) ... La repercusión social de su inauguración, patrocinada por la reina, permitía imaginar mayor afluencia...
Pero la gran sorpresa, la que me haría pensar en Gila surgió cuando nos acercamos a las jóvenes que atendían al público para solicitar la entrada; una de ellas, de especial gracejo y descaro, se encaraba con quienes pretendíamos entrar para decirnos que ya no quedaban entradas… Y henchida de satisfacción por su eficacia profesional, nos ampliaba que habían estado entregando la mitad de las entradas durante la semana anterior y el resto a partir de la hora de apertura.
—Algunas personas han venido a las 7 de la mañana para hacer cola —dijo con orgullo.
—¡Pero si el museo está vacío! —repliqué.
—Las instalaciones del museo están concebidas para un número muy limitado de visitantes, para que éstos puedan leer los paneles y ver las salas sin tumultos y con calma.
—¿Son ustedes conscientes de que algunos visitantes pueden haber hecho 300 Km para venir a ver el Museo?
—¡Vuelva usted mañana! —insistió con matices que me pareció entender como un sutil reproche por no querer pagar la entrada.
Al oír la muletilla famosa y percibir los reproches peseteros, se me escapó una carcajada inconveniente, que maticé como pude:
—Querrá usted decir pasado mañana.
—Sí, eso, el martes.
—¿Hay en el museo alguien con autoridad a quien reclamar por esta situación absurda?
—Rellene usted una hoja de reclamaciones —replicó sin perder la sonrisa; y con un giro rápido, varias veces ensayado, me ofreció la hoja.
—Mire usted, señorita, no estoy dispuesto a perder ni un minuto en redactar un texto que para cualquier profesional de estas cosas es innecesario. Transmita usted a quien corresponda que algunos visitantes valoramos esta broma pesada como una práctica museística inaceptable. Y recomiéndele que tenga la bondad de leer a Larra pero, sobre todo, la documentación generada por el ICOM durante los últimos años.
La joven que continuaba sonriendo me lanzó una mirada de Norman Bates.

Pero en ocasiones los dioses toman partido por los agraviados... Al salir del museo nos cruzamos con un grupo de personas encabezadas por una señora de edad madura que, sonriente, nos preguntó si queríamos entradas para el museo; a ellos les sobraban dos, que habían recogido el miércoles pasado. Pedí permiso a quien parecía su esposo para darle un par de besos; el hombre se encogió de hombros.
Y aunque la entrada era para las 13 horas, a las 11, 40 cruzábamos el torno ultramoderno...
¿Cómo evaluar un museo tan próximo al Museo del Hombre? Mientras el palacio de Chaillot esté cerrado al público (está prevista la reapertura en 2012), quedan a salvo las comparaciones odiosas, al menos con la referencia más inmediata... ¿Lo que han proporcionado las excavaciones en Atapuerca es suficiente para construir un museo-hito?
Sus promotores han intentado —eso parece— colocar en el edificio de Baldeweg una enciclopedia divulgativa sobre la evolución, con unas cuantas pautas forzadas por su ubicación, en las proximidades de uno de los yacimientos prehistóricos más importantes del mundo. El museo enfatiza la relevancia de Atapuerca, pero… Paradójicamente, en ello creo que están los aspectos más discutibles, en no entender que lo más relevante de un museo debe ser la naturaleza excepcional de sus fondos. Los museos exclusivamente didácticos o de indicación pedagógica no tienen sentido cuando es tan fácil acumular información divulgativa, salvo si asumen la naturaleza de los “centros de interpretación”.
Lo mejor:
Las salas dedicadas a los yacimientos del “Sistema Atapuerca”, aunque se aprecia demasiado que han sido concebidas desde el maridaje entre los intereses científicos y los de generar espectáculo.
Algunos módulos expositivos, a mi juicio, magníficamente concebidos.
¡Permiten hacer fotos sin flash! Únicamente limitan el uso de las cámaras en algunos lugares muy específicos.
Lo más espectacular:
Las “reconstrucciones” hiperrealistas (sala de la Evolución Humana) de algunos de nuestros antecesores, dispuestos en hornacinas cilíndricas afines a los “teletransportadores” de Star Trek.
Lo peor:
Más allá de los indicios deducibles de los rezagos surrealistas, síntoma de arbitrariedad en la gestión de los recursos públicos, es embarazoso señalar todos los aspectos deficientes del Museo de la Evolución Humana en un texto de esta naturaleza. Me limitaré a lanzar un recado a su director, el señor Vicente, que seguramente habrá consultado con "sus expertos": hable usted con profesionales de la práctica museística actual a no ser que le importen un pimiento las servidumbres más elementales de un museo y el negro futuro previsible de una institución concebida para cubrir unos minutos de información local... de vez en cuando.
Algunos paneles contienen textos especialmente desafortunados, en ocasiones, escasamente ajustados al estado de los conocimientos sobre la conducta de ciertos animales y en otras, más próximas a los chascarrillos de Gila o a los comentarios de los enteradillos que pontifican desde los debates de los medios de comunicación. Como muestra, un botón: el panel dedicado a "Las ventajas de utilizar herramientas":

Aumento de la sociabilidad humana
La conducta humana está basada en un incremento constante de la sociabilidad a través de los avances tecnológicos: los seres humanos socializamos a través de la tecnología, y los instrumentos líticos constituyen la impronta más antigua de un elemento cultural
Optimización de la caza
Una ventaja fundamental de tener herramientas es la de poder cazar de manera más eficaz. Estas prolongaciones del brazo humano permitieron la captura de mayor número de presas, aunque inicialmente de pequeño tamaño.
Ampliación de la dieta
La importancia de la caza se deriva de le mejora que supone en la dieta, ya que las proteínas de los productos cárnicos contribuyen al desarrollo cerebral
Mejor aprovechamiento de los alimentos
Con las herramientas de piedra se aprovechan mejor los restos de las grandes presas abandonadas por otros depredadores. Se pueden traspasar las duras pieles y romper los huesos para llegar al tuétano. Nuestros antepasados africanos de hace entre 2,5 y 1,3 millones de años no habrían podido acceder a esa fuente vitamínica —y a muchas otras— sin ayuda de las herramientas.
Manufactura más eficaz de las materias primas
Los instrumentos líticos permiten trabajar con eficacia materias primas como la madera. Seccionar y afilar una rama es imposible sin un filo cortante.
Inicio de la capacidad imaginativa
Crear una herramienta no es un acto trivial. Primero hay que darse cuenta de que es necesaria. Después, y teniendo en cuenta la experiencia adquirida, se diseña en el cerebro. Finalmente, se fabrica. Quizás nuestra capacidad para imaginar y planificar sea hija de la tecnología.
Aumento de la capacidad cerebral
La competencia para fabricar herramientas contribuyó a que aumentara la complejidad del tejido cerebral.

El desarrollo de la industria lítica debe situarse en un proceso amplio que comprende el uso de otros medios "técnicos" mucho más inmediatos como los palos, las fibras de ciertas plantas, los huesos... ¿Seccionar y afilar una rama es imposible sin un filo cortante? ¿La aparición de la industria lítica supone el Inicio de la capacidad imaginativa? Evidentemente, quien ha redactado estos textos jamás jugó con piedras y palos.
Y ante el asunto de la "sociabilidad"...

La valoración de síntesis:
¿Merece la pena viajar a Burgos para visitar el Museo de la Evolución? Lamento contradecir a la Reina, pero creo que no se justifica ni como ilustración complementaria de una visita al yacimiento de Atapuerca, porque, exceptuando las figuras hiperrealistas, lo que hay en el museo se puede encontrar fácilmente en Internet o en cualquier libro de divulgación sobre estos asuntos.
Delante de los paneles que pontifican sobre el desarrollo tecnológico, a propósito de la sociabilidad, recordé las primeras secuencias de 2001, Una Odisea en el Espacio, y sobre todo aquella que culmina en la elipsis más “larga” de la historia del cine, cuando el hueso-arma se convierte en nave espacial. Y concluí que me parecía mucho más interesante el planteamiento de Kubrick-Clark: en estas cuestiones, tan sesgadas por los valores ideológicos dominantes, es mucho más productivo forzar la reflexión que imponer doctrina y convertir al arquitecto en “gran diseñador”. Magnífico escenario para Mathew Barney o para rodar una película en la línea de Stephen Sommers (The Mummy, 1999): Una noche, cuando el edificio está vacío, parpadean las luces de seguridad... A la mañana siguiente los vigilantes descubren varios cadáveres en el interior del museo y advierten la desaparición de Miguelón y Lucy...
Contemplar unos cuantos objetos arqueológicos, cuya valoración depende de su importancia científica, no movilizará el interés de la gente en cuanto se olvide quién lo inauguró. Lo único que justifica el viaje es contemplar la propuesta arquitectónica de Navarro Baldeweg, , aunque en su concepción específica acaso pudieran haberse ofrecido soluciones más funcionales… Como es habitual en España, el desequilibrio entre cascarón y bicho, entre el edificio y su contenido, es brutal; como poner un sombrero con plumas de pavo real a una pulga.
Y no detallaré más mis juicios no sea que aparezca por ahí algún monaguillo atribuyéndome obscuros intereses personales. Además tampoco me apetece convertir este blog en un “rincón del vago” para políticos y gestores incompetentes. ¡Que les ayuden sus amiguetes!
Para justificar mi propia función social, me atrevo a formular unas pocas predicciones. Cuando reabra sus puertas el Musée de l'Home, volveremos a sentirnos provincianos, incluso, aunque no se nos haya olvidado que España ganó el Campeonato Mundial de Fútbol en 2010. Según mi criterio, el Museo de la Evolución Humana (tal y como está en la actualidad) sólo tiene sentido como recurso auxiliar docente, para que de vez en cuando los profesores de Enseñanza Media de Burgos y sus alrededores, martiricen a sus alumnos. Acaso también sea útil como recurso auxiliar para estudiantes universitarios de arqueología prehistórica, pero no creo que movilice mayores intereses. En consecuencia, creo que las cifras de visitantes caerán rápidamente en un período relativamente corto hasta llegar a la situación del otro museo de Burgos. Si pretendían crear un nuevo foco de atracción turística (turismo cultural), han metido la pata hasta el corvejón. Si yo tuviera intereses turísticos, después de visitar el museo, lo habría borrado de mi agenda. Si fuera profesor de Arqueología, de Prehistoria o de Arquitectura, tendría que recomendarlo... por la importancia de los hallazgos de Atapuerca y por la entidad del proyecto arquitectónico

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