miércoles, 6 de abril de 2011

Pero… ¿Qué hace esto aquí? El Museo Lázaro Galdiano y el arte contemporáneo

"¿Qué hace esto aquí?

La exposición es producto del trabajo conjunto de dos instituciones, la Fundación Lázaro Galdiano y la Fundación María José Jove, lo que permite que por primera vez en su historia el Museo Lázaro Galdiano exponga en sus salas obras de arte contemporáneo.
Se trata de una exquisita selección de obras de artistas de primera línea de arte contemporáneo español y europeo, procedentes de la colección de arte de la Fundación María José Jove de A Coruña, que se presentarán en diálogo directo con las obras clásicas que en su día coleccionó José Lázaro Galdiano.
La muestra recorrerá la totalidad del Museo Lázaro Galdiano en sus cuatro plantas de exhibición permanente, además de en algunos de los espacios del edificio donde se encontraba la editorial de José Lázaro, habitualmente conocido como La España Moderna.
8 de abril a 20 de junio de 2011"

El Museo Lázaro Galdiano se enfrenta a uno de los problemas más complejos que aún presenta la difusión del arte contemporáneo entre los aficionados al arte tradicional. ¿Cómo convencer a alguien que entiende el arte asociado inquebrantablemente a la “belleza” (agrado perceptivo) y a la habilidad (expresión de maestría manual), que las cosas de Miro, por ejemplo, son arte?
La iniciativa es encomiable y, muy probablemente, implicará incremento en la cifra de visitantes, pero no creo que los resultados se correspondan con el objetivo de armonizar arte tradicional con arte contemporáneo, por una razón casi obvia: la familiarización con el arte tradicional (elaborado según criterios de agrado perceptivo) supone mayor capacidad para reaccionar negativamente ante las obras de inclinación expresiva que, con frecuencia, basculan hacia la explotación de los elementos inquietantes, como recurso primordial para activar la reflexión estética perseguida. Las comparaciones son un instrumento necesario para la reflexión analítica y por ello pueden resultar odiosas... para una de las partes.
Naturalmente, la solución del conflicto es mucho más obvia: debemos entender y asumir la diferencia que hay entre gusto y juicio estético. Ninguna persona psicológicamente normal (sana) pondrá en las habitaciones de su casa una obra de Tracey Emin o rellenará el dormitorio con pipas de girasol manufacturadas… que además son venenosas.
En ese sentido, me parece un acierto que museos como el Lázaro Galdiano) se enfrenten a los problemas de divulgación estética actuales, incluso, aunque a muchos “especialistas”, les parezca redundante. Me consta que sigue siendo necesario insistir sobre ello, sobre todo cuando, como en la actualidad, se adjudica tanta relevancia al juego poético subjetivo, o a las “opiniones personales”. No se trata de imponer gustos, aunque algunos lo pretendan, sino de ofrecer fórmulas y opciones que ayuden a comprender lo que es compresible. Y la secuencia seguida por las vanguardias del siglo XX es absolutamente lineal y perfectamente "comprensible".
Me parece patético el papanatismo de quienes han convertido ciertas cualidades del arte actual en el fundamento de coartadas elitistas y antisociales. Pero me parece mucho más patética la actitud de quienes pretenden convertir el desconcierto producido por ciertas formas de arte contemporáneo en abono para el conservadurismo ultramontano. Es absurdo, pero sobre todo ridículo, reivindicar hoy la época de Felipe IV.

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