viernes, 18 de mayo de 2012

El inspector de Gógol en versión de Miguel del Arco


Lo representan en el teatro Valle-Inclán (del Centro Dramático Nacional)... Es un texto de Nicolái Gógol, escrito en San Petersburgo y publicado en 1836, que ofrece una visión cómico-satírica de los usos que caracterizaban a la sociedad rusa de la primera mitad del siglo XIX, cuando estaba al frente del imperio ruso Nicolás I. Eran tiempos en los que se agudizó la lucha entre dos corrientes que, de algún modo, han caracterizado la historia rusa durante los últimos 200 años: quienes preconizaban hacer frente al progreso de los países europeos e integrar las "nuevas ideas"—sobre todo, el racionalismo— en la práctica cultural y política, y quienes pretendían mantenerse fieles a las raíces culturales propias, invariablemente unidas al cristianismo ortodoxo ruso.
En ese ambiente, la designación de Nicolás I, seguida de varias revueltas de inclinación liberal que fracasaron (1825), supuso el comienzo de una fase muy compleja, dominada por el objetivo de conciliar los dos factores mencionados para que Rusia mantuviera el estatus adquirido en tiempos de Catalina, la Grande (siglo XVIII). Y para ello, el zar apostó por un modelo político rígido en lo aparente, pero sumamente abierto en lo práctico, con la pretensión de conciliar las dos corrientes, por supuesto, sin perder ni un milímetro del poder que distinguía al absolutismo zarista. Algo parecido a lo que en Europa Occidental llamamos "despotismo ilustrado". Para ponerlo en marcha recurrió a fórmulas que, en cierto modo, han pervivido en la esencia de la praxis rusa hasta la actualidad: limitar la circulación de libros extranjeros, apoyar la producción literaria autóctona (incluso aunque no fuera muy ortodoxa) y, por lo que ahora nos interesa, crear una estructura policial cuya parte más operativa debería permanecer en secreto (Tercera Sección de la Cancillería Imperial)... Por desgracia los objetivos "imperialistas" de Nicolás I tenían un punto débil: el escaso desarrollo industrial de Rusia, que bloqueaba radicalmente cualquier empeño en dotar a su imperio de las posibilidades necesarias para competir con el resto de Europa...
En ese ambiente, Nicolái Gógol escribió un texto asombroso, contemplado desde la España del siglo XXI (El inspector) porque la comedia habla de una sociedad que, en muchos aspectos, coincide sensiblemente con los "vicios" de una sociedad supuestamente mucho más desarrollada. Quien ha redactado la versión que nos ofrecen en el teatro Valle-Inclán, lo ha enfatizado sin ambigüedades:

"La obra hablaba de políticos que metían las manos en las arcas públicas sin sonrojo y la verdad es que la realidad supera con mucho la ficción" (...) "Mis actores me decían que igual me pasaba, pero yo creo que nos quedamos cortísimos. Sólo hay que ver lo del aeropuerto sin aviones de Castellón. Unas instalaciones que no funcionan y Fabra se levanta una estatua de tropecientosmil euros. Seguramente vendrán políticos y se descojonarán pensando que hablamos de otros, sin darse cuenta de que es a ellos a quien retratamos"


Los sucesos actuales encajan perfectamente en un relato que apenas es necesario retocar en pequeños detalles. El espectáculo es divertido, en ocasiones, hilarante, aunque también en momentos la representación deriva hacia fórmulas de vodevil manido. En la parte final me sentí rejuvenecer, trasladado en el tiempo al verano de 1970, cuando en tiempos de Franco Las Madres del Cordero (grupo musical) y el grupo teatral Tábano ofrecieron al público Castañuela 70, un espectáculo sumamente crítico respecto de la sociedad institucionalizada del momento. Y me pregunté si no estaríamos viviendo una situación parecida, que alumbrara un próximo cambio de régimen.
El público se lo pasó en grande y a la caída del telón, lo manifestó con vehemencia...
La representación ofrece un nivel muy digno en casi todos los aspectos del discurso teatral (escenografía, vestuario, iluminación, etc.). Los actores están bien; algunos, muy bien. La excepción es, a mi juicio, la "traducción", la "versión literaria"... Me parece buena idea trasponer el texto de Gógol a la actualidad española; me parece muy bien que "la hija" aparezca vestida de fallera; me placen las transposiciones ; me parece magnífico el varapalo que dan a la clase política... y hasta la reivindicación oportunista del 15M. Pero la obra sería infinitamente más contundente si Miguel del Arco hubiera cuidado un poco más los elementos formales del texto. Él mismo reconoce tener muy presentes referencias cinematográficas de mucha calidad literaria:
"Estos particulares santos cinéfilos (Billy Wilder y Howard Hawks) guían desde el principio el montaje. "A mí es que no me gusta el sainete. En cambio, me fascina 'Primera plana', que es una película muy pasada de rosca y que sirve muy bien como ejemplo de lo que yo quería hacer. También me encanta su primera versión, 'Luna nueva', sobre todo por su velocidad. Es alucinante cómo hablan y esa facilidad que tienen para la comedia chispeante. Aquí, aunque es muy complicado, hemos intentado crear algo parecido". Con su talento, le vemos capaz incluso de igualar a los maestros..."
Suscribo sus juicios y lamento que no haya conseguido algo parecido en la versión actual, porque sería magnífico que los teatros recuperaran las funciones agitadoras que no hay —no puede haber— en otros espectáculos... con obras de buena calidad.

Finalizadas estas líneas me pregunto cómo es posible un paralelismo tan inquietante entre la sociedad rusa de mediados del siglo XIX y la española de principios del siglo XXI. ¿Qué fomenta la corrupción? ¿Qué elementos perviven y favorecen la proximidad entre culturas tan alejadas en el tiempo? Siempre la naturaleza humana, pero... ¿qué pasa con los condicionantes ambientales, con "la circunstancia"? Sólo se me ocurren respuestas redundantes.
Tenemos risa para rato...

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