miércoles, 9 de julio de 2014

Tocar o no tocar, esa es la cuestión

Cuando es tan común que se disparen las alarmas cuando nos acercamos a una obra de arte, resulta anómalo que la costumbre imponga sus normas en los lugares donde las medidas de protección son menos cicateras.
Conocemos muchas imágenes religiosas que, desde la profunda Edad Media, han padecido la acción piadosa o impúdica de los fieles. Existen casos conocidos en todas partes: en Santiago de Compostela, en Palermo, en Roma... También en China y Japón.
Es curiosa la muy arraigada tradición de golpear a las representaciones de personajes maléficos o, incluso, de personajes juzgados negativamente por la historiografía dominante. Aún hoy encontramos en los museos pinturas "restauradas" que aún conservan restos del castigo secular aplicado por quienes rezaban delante de la pintura durante unos minutos y al levantarse golpeaban con los nudillos o con el rosario a Barrabás o a la imagen de la serpiente frecuente en los Calvarios.

"Casa de Julieta", Verona
Desde que se impusieron las pautas de conducta que hoy rigen en los museos del todo el mundo, la costumbre ha sido censurada radicalmente, pero no parece haber desaparecido la voluntad de tocar las representaciones tridimensionales, allí donde nadie lo impide. La nómina de esculturas con interpretaciones populares desenfadadas es cada día más amplia. Una de las más notorias es la escultura de Julieta de Verona: fue realizada por Nereo Costantini en el siglo XX, está en "la casa de Julieta" y a su alrededor se agrupan los turistas jóvenes en animado caos para hacerse la foto con la mano en su pecho; no se escapan de la tentación ni los más jóvenes. Según la "leyenda", seguramente ideada por un un veronés de pocas luces y mucha líbido, quien toque la teta de la escultura volverá a Verona y, muy probablemente, encontrará a su "verdadero amor". En Múnich, cerca del Ayuntamiento Antiguo, existe una réplica de la misma imagen, regalo de la ciudad de Verona, que también ofrece testimonio de manoseo en la misma zona; supongo que habrá alguna copia más...

Giulietta de Múnich


Porcellino de Múnich
Una tradición similar rodea al porcellino de Florencia, colocado en la fuente de la logia del Mercado Nuevo; el bronce actual es copia del siglo XVII a partir de un mármol romano, muy probablemente, a su vez, realizado según modelo griego. Según la tradición popular más arraigada, tocar el hocico trae buena suerte, aunque para conseguirla se prescribe un procedimiento de cierta complejidad que pasa por colocar una moneda en la boca del animal y dejarla caer; según donde caiga, el crédulo tendrá buena o mala suerte. En nuestros días, tiempos de materialistas y descreídos, se ha simplificado radicalmente el proceso porque se aprecian los efectos del manoseo en una parte más discreta pero tan sensible o más que el hocico. Existen unas cuantas réplicas repartidas por en mundo: en Aix-en-Provence, Mónaco, Sydney, Grosseto y en Múnich; esta última, al menos, ofrece testimonios pecaminosos en forma de pulimentos afines a los florentinos...
Supongo que habrá muchos ejemplos del mismo tipo repartidos por el universo mundo, pero uno de los casos más divertidos lo encontramos en la Hofkirche de Insbruck (actualmente integrada en un museo de planteamiento sumamente interesante), donde existe una galería de "retratos" de personajes más o menos legendarios, entre los que destaca una escultura del Kaiser Rudolf Graf von Habsburgo (Rudolf I). Aunque hay un panel de tamaño desmesurado con la prohibición de tocar las esculturas en cuatro idiomas, el dorado broncíneo informa con elocuencia de la debilidad de la carne y de la incongruencia del gesto adusto con el que fue representado tan noble caballero.

Cartel de la Hofkirche


Representación de Rudolf I en la Hofkirche
Sería buena idea consentir que la gente pudiera tocar las esculturas, cuando menos, para saber qué elementos implican mayor atracción táctil; aunque es fácil imaginarlo...

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