domingo, 12 de junio de 2016

Lover Come Back, 1961

En los alrededores del año 1960 proliferó un tipo de comedia que, contemplado hoy, por lo general produce sonrojo; sólo unas pocas de aquellas películas han conseguido mantener cierta consistencia, pasando por encima incluso de las taras que en aquello tiempos imponía la manera específica de explotar los productos cinematográficos.
Una de las comedias de esa "familia" que, a mi juicio, mejor ha envejecido es, precisamente, la que encabeza este comentario, en la que confluyeron Delbert Mann, especializado en el “género” y Stanley Shapiro, con buenas dotes para confeccionar guiones de calidad notable, entre los que destaca precisamente el de Lover Come Back (Pijama para dos).
Completaba el equipo  Edwards Muhl, que como productor, llegaba a 1960 con una carrera estimable, en la que destacaban Touch of Evil  (Welles, 1958), Operation Petticoat (Blacke Edwards, 1959), Imitation of Life (Douglas  Sirk , 1959).


Por supuesto, la película, próxima al vodevil,  tiene “cosas” que rinden mal culto a Cronos, pero se da la circunstancia de que incluso éstas abren una dimensión hilarante, que paradójicamente "rejuvenece" la película o da ideas para quienes se divierten haciendo montajes para YouTube. Detenerse en observar el vestuario de Doris Day y, muy especialmente, sus sombreros es para deshilvanarse de risa. Por no hablar del flow que convierte los primeros planos de la popular actriz en un show a lo Hamilton, que asimismo proporciona otro toque de humor nada desdeñable.
Pero más allá de los elementos anecdóticos, se trata de una comedia rosa que 50 años después se puede ver sin rubor; y ello es realmente extraño, sobre todo, en ese tipo de cine.
Lo más destacable es un guión construido con más elementos de los habituales en las comedias; todos ellos, perfectamente encajados, construyen un mecanismo de relojería que funciona magníficamente, contando, incluso, con la faceta sexista, constante en las películas de estos años. Si alguien quiere enfurecer sin sentirse inquieto ante el empaque de Shakespeare (The Taming of the Shrew), vea McLintock, de Nadrew V. McLaglen (1963); puede ser una de las películas con más elementos "machistas" de cuantas se rodaron en Hollywood por aquellos no tan lejanos años; en ella se justifica la violencia sobre la mujer como recurso "educativo". En Lover Come Back no llegaron a los extremos de Shakespeare ni a los de McLaglen, pero casi, porque en varios momentos de la película los personajes secundarios justifican conductas hoy inaceptables.



El antagonismo como desencadenante de la atracción sexual, se conjuga con un universo construido mediante equívocos y una legión de personajes secundarios, casi todo, bien definidos desde el guión, El primero es el "narrador" que abre la película, a quien seguirá otros que contribuyen a perfilar el mecanismo de la trama mediante gangs no siempre originales pero eficaces para mantener el ritmo narrativo por encima, incluso, de algunas situaciones algo forzadas, como las que anticipan el descubrimiento del engaño que substancia la relación entre los protagonistas. Existen hasta personajes prestados de la tradición teatral, que refuerzan la hipérbole del "supermacho", fundamental para "entender" que la mujer moderna, femenina y profesional, caiga en sus redes.
El mundo publicitario compone un telón de fondo pintoresco, dibujado con una cualidades que parecen más propias de los años posteriores a la publicación de La sociedad del espectáculo, (Debord, 1967), que de los anteriores. ¿Es imaginable que una campaña publicitaria active en los consumidores la necesidad de hacerse con un producto inexistente? Según Jerry Wesbster, protagonista de la película, "Deme una chica de buen tipo en traje de baño y le vendo hojas de afeitar a Fidel Castro". Han pasado más de cincuenta años y se dirían que han cambiado poco ciertas circunstancias, tal vez, porque los mecanismos de motivación permanecen inalterables, para desconsuelo de ingenuos y molestia de congnitivistas y feministas irredentas.
Y la película aún llega más lejos: ¿Puede servir el mismo recurso para "convencer" a un empresario sobre las bondades de un agencia publicitaria? Durante estos días están de actualidad ciertas circunstancias de las tramas de corrupción que parecen plagiadas de la película de Mann...


La fotografía es correcta, por no decir aceptable, dentro de los estándares altos de la industria norteamericana; otro tanto sucede con la ambientación musical…
Los actores están francamente bien, aunque en este caso, más allá de contemplar a Rock Hudson en su habitual y paradójico papel como "supermacho" y a Doris Day como mujer moderna, políticamente correcta y, por supuesto, casta, seguramente el más destacable es Tony Randall , secundario "de lujo", que está particularmente bien en su rol de empresario oscurecido por la memoria de su padre y por convivir con un empleado al que admira por su éxito con las mujeres.
Sin desvelar los matices del nudo de la película, el lector debe saber que el final “institucionalizado” lo impuso Doris Day que, por lo visto, no quiso prestar su imagen a una situación descocada. Creo que ese es el momento más débil del guión, aunque resta poco a la entidad del relato, puesto que cuando ello sucede, tras la aparición de las "galletas mágicas", la trama ya se ha resuelto.
A destacar los créditos, de una "originalidad peculiar" y el título extraño que se dio a la película en su versión española (Pijama para dos), que aporta un toque picarón pero destroza el lema sintético de la versión original. Y aún hay quien dice que los "traductores" de títulos y quienes les daban "instrucciones" eran genios.

En suma, magnífica película para aproximarse a las servidumbres del Star System, para enfrentarse a un guión bien construido, para contemplar cómo ha cambiado la comedia "hilarante" en cincuenta años y para abrir un debate sobre la publicidad. Aunque, sería recomendable verla en pantalla grande, en este caso, el factor escalar no es decisivo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada