sábado, 18 de febrero de 2017

El cartografo

En una entrada del año pasado me ocupé de una obra de Juan Mayorga representada en la sala Jardiel Poncela del conjunto de la plaza de Colón. Entonces mencionaba algunas de las, a mi juicio, referencias más relevantes de su teatro, que también se manifiestan en El cartógrafo. Concretamente, en ésta, gracias al énfasis que pone en la recuperación de la memoria, me parece clara la influencia de Harold Pinter...
El Cartógrafo es una obra de 2009 que, según sus propias palabras, nace de la experiencia que le proporcionó a Juan Mayorga visitar Varsovia y enfrentarse con la realidad que sorprende a cualquier viajero relativamente despistado: la desaparición de los núcleos históricos y, por supuesto, del gueto judío. Frente a lo que sucede, por ejemplo, en Berlín, visitar Varsovia crea una sensación desconcertante porque apenas es posible localizar alguna referencia que permita a los restos materiales del pasado movilizar su capacidad retórica. Si el lector, que no tiene opciones de tomar un avión hacia Polonia, se toma la molestia de "pasear" mediante Street View por el interior del perímetro marcado en el plano adjunto, lo advertirá enseguida. En pocas ciudades europeas sucede algo parecido; quizás la más atronadora en ese sentido, incluso por encima de Varsovia, sea San Petersburgo...

Gueto de Varsovia. Fuente: Wikipedia

Varsovia al final de la Guerra
Y es que Varsovia —no sólo el barrio judío— fue aniquilada casi por completo: en el año 1944. Cuando la guerra estaba a punto de finalizar, la resistencia polaca intentó liberarla, anticipándose a la llegada de los soviéticos. Sin embargo, el ejército alemán se hizo con el control a un precio atroz: Varsovia fue aniquilada en el 80 % de su extensión; se estima que murieron alrededor de 200.00 civiles, muchos de ellos, en ejecuciones masivas, y 700.000 más debieron abandonarla. Esos números sitúan a Varsovia, junto a Hirosima, Nagasaki, Leningrado, Bochum, Maguncia y algún otro lugar ignorado, el frente del penoso ranking de las ciudades que más sufrieron durante la Segunda Guerra Mundial.
En esas circunstancias, poner el foco sobre una parte del drama polaco, resulta, cuando menos, sorprendente, por no decir que parece inducido por la dictadura del presente; una dictadura que en Occidente, ofrece una imagen de la Segunda Guerra Mundial muy distinta de la realidad de un acontecimiento esféricamente monstruoso. En ello es donde, a mi juicio, se puede poner el mayor reparo a la obra de Juan Mayorga, porque esa circunstancia choca frontalmente con los objetivos expuestos por su autor. Por añadidura, emplear a una niña para potenciar el componente empático resulta un recurso demasiado manido, que obliga a pensar en El Diario de Ana Frank y en las circunstancias políticas relacionadas con su difusión escolar en tiempos no muy lejanos.


Varsovia al final de la II Guerra Mundial
En términos estéticos, puede interesar destacar que la creación de la obra coincide con un momento en que estuvieron de moda los mapas como referencia retórica en el universo de las corrientes estéticas de raíz conceptual. Más allá de algunas propuestas insulares, destaca la de Alighiero Boetti que en los años sesenta comenzó a ofrecer mapas como dispositivos reflexivos que, desde entonces, se convirtieron en los elementos más característicos de sus obras, por lo general, vinculadas con situaciones bélicas e, incluso, también de genocidio.
Casi en paralelo, en el universo de las teorías de la conducta, se fueron extendiendo ideas que vinculaban ciertos procesos cognitivos con las cualidades de los mapas. En los años setenta, Tony Buzan, personaje heterodoxo pero de probado talento, propuso que la realización de mapas era una opción magnífica para aprovechar las posibilidades cognitivas y, muy especialmente, las relacionadas con la adquisición de conocimientos. En suma, "algo" debían tener los mapas, en su fundamento conceptual, que sintonizaba bien con las posibilidades de nuestras capacidades reflexivas...
Durante los años próximos al cambio de siglo era rara la exposición de arte contemporáneo que no integraba algún mapa, sobre todo si las obras ofrecidas se inclinaban hacia la vertiente sociológica, por supuesto, con matices críticos. Es el caso, por ejemplo de Hans Haacke y de Juan Luis Moraza, entre otros muchos.
Aquellas ideas que germinaron en tiempos conceptuales "primitivos", crecieron con vigor en el universo estético posmoderno: al tiempo que Mayorga redactaba El cartógrafo, el MNCA Reina Sofía preparaba una exposición dedicada a atlas Mnemosyne de Aby Warburg, comisariada nada menos que por Georges Didi-Huberman. La exposición se inauguró el 26 de novimbre de 2010 y se mantuvo "en cartel" hasta el 27 de marzo. Sugiero al lector que compare los textos generados por dicha exposición con los planteamientos expresados por el propio Mayorga:

(...) "durante la ocupación alemana, un cartógrafo anciano e inválido se propuso dibujar un mapa del gueto, es decir, el mapa de un lugar en que todo –empezando por las cuatrocientas mil personas allí enjauladas- estaba en peligro. No pudiendo salir él a las calles, el éxito de su tarea dependía de una niña, su nieta, que iba donde él le indicaba a buscar los datos con que hacer y rehacer el mapa. La leyenda del cartógrafo –inventada por mí, creo- impulsa las dos tramas sobre las que se desarrolla la obra: la de Blanca buscando en la Varsovia actual aquel mapa y la del anciano y la niña construyéndolo sesenta años atrás. Finalmente, las dos tramas parecen converger cuando Blanca encuentra en la Varsovia actual a una anciana llamada Deborah en la que ella quiere ver a la niña cartógrafa. Pero Deborah niega ser aquella niña y dice no creer en la leyenda. Sin embargo, Deborah reconoce que le gustaría que la leyenda se transmitiese, preferiblemente a través de una obra de teatro porque, según afirma, “en el teatro todo responde a una pregunta que alguien se ha hecho. Como los mapas”. 

Más allá de ese paralelismo, dando un paso en la dirección de las coincidencias, el MNCARS ha nombrado una de sus líneas de acción, la Red de Conceptualismos del Sur, que responde perfectamente a uno de sus objetivos fundamentales (el "archivo de lo común") como "Cartografías". En ella se incluía una primera fase, de naturaleza eminentemente organizativa, a partir del año 2007... ¿Coincidencia anecdótica? Entendiendo el arte como un dispositivo capacitado para favorecer la reflexión sobre los asuntos que nos preocupan e interesan, no cabe la menor duda de que la idea de "mapa" proporciona múltiples posibilidades retóricas que encajan perfectamente tanto en el universo "plástico" como en la realidad teatral. De hecho, la obra de Mayorga se ajusta bien a la definición mencionada y aún hace extensible ese potencial reflexivo a un colectivo muy amplio de personas que se sentirían desconcertadas profundamente paseando por las salas del Reina Sofía, incluso, aunque se tratara de una antológica dedicada a Alighiero Boetti o a la Red de Conceptualismos del Sur. Es obvio que los mapas son elementos de representación que, mediante convencionalismos más o menos intuitivos, tienen la posibilidad de suministrar un caudal enorme de información, más o menos controlada, según la voluntad finalista o instrumental del cartógrafo. Y desde esa circunstancia, se comprenderán las posibilidades que puede ofrecer a cualquier forma expresiva, tanto si es plástica como literaria, pero sobre todo, si se aplica en el territorio teatral o en el cinematográfico. Algo comparable hizo Lars von Trier en Dogville (2003), aunque no creo que nadie relacionado con la puesta en escena de esta obra se haya inspirado en la película del peculiar director danés... ¿O sí?

Foto Teatro Español
En el universo "plástico", los mapas tienen una limitación: en su concepción tradicional, no pueden integrar el factor tiempo. Los mapas dinámicos son un "invento" relativamente moderno, relacionado con el desarrollo de los recursos de la imagen en movimiento; "esculpir en el tiempo", como diría Tarkovsky. Sólo son posibles contando con una forma expresiva que integre el tiempo como factor primordial y, con ello, ofrezca la posibilidad de construirlos, como si fueran formas vivas que se desarrollan en un plano o en el espacio tridimensional, a imagen y semejanza de las estructuras rizomáticas, tan queridas en ciertos ambientes del arte contemporáneo... Y ese es el caso también de la expresión teatral, que por su propia naturaleza, ha de prestar una atención muy especial a ese factor, tanto para "controlar" la tensión dramática como para adaptarse a las posibilidades receptivas del espectador. Juan Mayorga se lanza a explotar esa posibilidad y consigue definir una especie de referencia post-cartesiana que le permite abrir múltiples posibilidades sugerentes que, de nuevo, hacen pensar en Pinter. En este caso concreto, la fórmula me ha echo pensar en los enlaces holónomos y no holónomos, tan queridos en ciertas áreas del conocimiento tecnológico y filosófico.
Supongo que en cualquier momento a alguien se le ocurrirá utilizar las posibilidades de los nuevos mapas, transformados en poderosos instrumentos de "realidad aumentada", para abrir una puerta de posibilidades expresivas ilimitadas...

Foto Teatro Español
Más allá de esas consideraciones, la función, cargada de acotaciones capacitadas para mantener al espectador en estado de reflexión permanente, se digiere bien, incluso aunque se advierta un cierto colapso de ritmo en el ecuador de la obra, acaso porque es difícil —¿imposible?— conseguir que el público esté en proceso de reflexión activa durante dos horas, Por fortuna el colapso queda mitigado por el trabajo de los actores, Blanca Portillo y José Luis García Pérez, que están sencillamente magníficos.
Contando incluso, con los matices críticos indicados, el texto me ha parecido de calidad sobresaliente. Juan Mayorga maneja perfectamente el lenguaje, aunque en este caso no sé si emplear sólo dos actores para representar a todos los personajes, enfatiza la calidad literaria o la desvirtúa, por supuesto, levemente. Concretamente, no me ha gustado el "cambio" de roles del final, que no describiré por no dar pistas sobre el desenlace y los juegos de simetría, duplicidad e identidad que movilizan una traca de propuestas reflexivas, de entre las más brillantes que he contemplado en el territorio teatral de los últimos años.
Lo más discutible, a mi juicio, es el planteamiento escenográfico, firmado por un profesional tan acreditado como Alejandro Andújar, que, a pesar de las argumentaciones empleadas para justificarlo, pudiera haber trabajado bajo condicionantes "ajenos"... El juego entre rojo y negro está bien, pero la distribución de los objetos, los objetos mismos, y las líneas que delimitan el espacio, componen una referencia demasiado pobre, teniendo en cuenta las asociaciones que podría sugerir al espectador un escenario integrado en las capacidades significantes, indicativas y sugerentes de los mapas. Por supuesto, no se me escapan las limitaciones que tiene la sala Fernando Arrabal, pero aún así, creo que se podría haber hecho algo más espectacular, más efectivo, mejor dotado de posibilidades retóricas.

Al final, el público, que llenaba la sala, aplaudió a rabiar; en este caso, creo que muy merecidamente, contando incluso con el "factor" Star System, particularmente claro. Sería una lástima que finalizaran las representaciones el próximo 26 de febrero... aunque no sé si la garganta de José Luis García Pérez resistiría muchas sesiones más.
Para finalizar y junto al mapa a escala 1:400.000, ofrezco al lector "otra" posibilidad para integrar el tiempo en el discurso estético, vinculándolo a la capacidad de activación emotiva y reflexiva que tiene la música... en escala 1: 1.500.000.

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