martes, 13 de mayo de 2008

De lo católico en lo contemporáneo. Visita a Bilbao.

Por Ana Recuero Sanz y Andrea López Montero

El pasado fin de semana, en busca de una válvula de escape y buscando elementos de satisfacción para alegrar de cierta manera el id, decidimos hacer una visita a Bilbao, deseosas de autosugestión haciendo uso de los elementos por excelencia: arte y consumo. Y en eso (y no solo en eso) Bilbao va bien servido.
Obviando descripciones de pinchos a lo grande como el carácter vasco determina y que haría las delicias de cualquier paladar; tras cubrir satisfactoriamente el consumismo imperante, acabamos el lluvioso día frente al Guggenheim; éste dado el carácter ambiental mencionado no estaba en su mayor esplendor; el sol no aparecía por ningún lado y la estructura parecía una enorme masa deprimida.
Cerrada media exposición habitual, y avisadas solo en el momento de pagar la entrada, con 2,50 menos de lo esperado, estábamos dentro del recinto.
Y débiles a la sugestión, cargadas de adrenalina y pura tontería estética recorrimos el interior de las estructuras de Serra, donde la percepción entraba en juego y la diversión y expectativas quedaban fielmente cubiertas. Desde luego, para lo contemporáneo del asunto no dejaba a nadie indiferente.
Comentar en este aspecto las restricciones impuestas por el museo y que en caso de ser acatadas alejarían razonablemente al espectador de la intencionalidad; nada de correr, tocar las esculturas y en general, mantener una actitud lo más políticamente correcta posible. La excusa: lo delicado de las construcciones y el peligro de mancharse que el óxido del material concedía. No querer acusarlo de mentira, pero; manchar no manchaba.
La escultura en sí, invitaba a ser tocada. Al jugar con la percepción y el equilibrio dentro de la misma, en ocasiones se hace necesario cierto apoyo físico para solventar un posible vértigo ocasional.
Expectativas cubiertas, aunque sí es cierto, que en nuestra situación resultamos un espectador facilón. La obra que manipula directamente sobre la percepción más básica hizo más que lucrativa la experiencia; con el consecuente olvido de las normas impuestas por el museo y la constante vigilancia de los vigilantes (valga la redundancia).
Ahora eso sí, en lo oído por la audio-guía y la obra en sí… supongo que en ello reside la herencia conceptual; del discurso de la obra basado en meros datos técnicos (a saber materiales, referencias, innovaciones y pretensiones del artista) y sofisticadas gilipolleces a la experiencia de la obra en sí hay poca relación, y eso siendo amables.
Hablando de la exposición temporal actual: Cosas del surrealismo; abarca todos los elementos del movimiento ajenos a la producción pictórica habitual: muebles, moda, diseño, publicidad, teatro, cine, etc. Todo ello con una información didáctica contemporánea excelente.
Escapar en este caso de los vigilantes se hizo también necesario. Mencionar la silla corsé que hace las delicias de cualquiera.
Hacer un especial hincapié en la posibilidad didáctica que se ofrece al público general y cuyo acceso es claro, cómodo e incluso podría decirse tentador, sin añadir ninguna carga monetaria para ello. El espectador cuenta con múltiples recursos para entender con bastante profundidad el movimiento y acercarse a la exposición. Información que en renombradas instituciones museísticas madrileñas se reduce a un mero folleto informativo que aclara más el lugar de aseos y cafetería que la exposición en si.
La responsabilidad cae ya en el individuo, quien decidirá hasta donde le interesa profundizar.
Esta postura es algo distinta a la del turista estresado.
Dejar en último lugar la anécdota que justifica la existencia del texto.
Y es que aquel que cree que las costumbres litúrgicas católicas y la estética del arte contemporáneo no pueden juntarse: se equivoca. Pues, ¿qué mejor que conservar una foto vestido de primera comunión reflejándose en los monstruosos tulipanes de Koons? ¡Se acabó lo de la Biblia y la palmatoria!
Antes de profundizar en el asunto, valga poner la descripción de la audio-guía de esta escultura; para hacernos una idea de lo que lo enrevesado del lenguaje concede a estas enormes flores metálicas a la laca de bombilla, cuya experiencia estética en mi opinión no va más allá de una foto de los turistas en el reflejo de los tulipanes (foto que en nuestro caso, y formando parte del popular, hemos de admitir: existe).
“Esta escultura compleja y monumental, frívola y divertida de Jeff Koons […] grandes globos de colores luminiscentes y lánguidos tallos entrelazados de acero inoxidable, muy brillantes con un revestimiento de colores transparentes forman un ramo de flores”.
Ramo que a la madre de la (permítame decirse) desgraciada criatura le pareció ideal estéticamente para la primera comunión. Y es que el gusto tradicional es maleable a instituciones.
Por no entrar en críticas a lo dicho por la audio-guía; resaltar palabras de su descripción: compleja y monumental, frívola y divertida… ramo de lánguidos tallos. ¿Qué puede haber más complejo y frívolo?
Por no dejar de lado la anécdota en cuestión, añadir unas palabras de la amorosa madre:
“si te pones aquí, sales con el azul, con el dorado y con el morado”. Queda clara la preocupación de la composición estética y el interés a mostrar la escultura por parte de la progenitora.
Ya con la mosca tras la oreja, y asombradas ante el panorama que se nos ofrecía, algo distinto a la horda de turistas en chanclas y calcetines de costumbre, fuimos a preguntar a la segurata en funciones, quién hallaba algo insegura por ver como buscábamos el cartel de los tulipanes (bastante escondido, por cierto). Ante la pregunta de si este tipo de situaciones eran de carácter habitual y con un tono de voz en exceso bajo, prudentemente nos dijo que no solían darse acontecimientos del estilo.
Consciente de que no podía ser todo cuestión de suerte decidimos buscar una segunda fuente de opinión, ávidas de contrastar la información. Una de las encargadas de controlar la entrada al museo, en cambio, admitió que esta era una actividad común; las fotos se reducían al exterior del Guggenheim (hasta donde alcanza la legalidad) a no ser que se solicitase un pase VIP (es decir, la posibilidad queda abierta aunque confío en que el pase no se otorgue a dichas apetencias) ¡pero no solo fotos de comunión, también bodas y bautizos).
Esta anécdota nos lleva a preguntarnos que impacto ha tenido el Guggenheim en la cultura de calle bilbaína. ¿Qué opinarán los elitistas del arte de este uso popular que se hace con las obras? ¿Se puede considerar experiencia estética a esto? ¿Se es consciente del impacto en sí? ¿La niña estará traumatizada de por vida? ¿Es lícito llegar a un lugar de un determinado desarrollo cultural y plantar una mole como el Guggenheim sin una preparatoria moral?
¿Han adoptado los bilbaínos con orgullo este símbolo de “progreso”? Por situarnos en unos niveles cercanos a nuestro contexto, preguntamos a unos chicos de entre 18/20 años, palabras textuales: “ el Guggen es una mierda, solo merece la pena verlo por fuera”.
Desde luego se muestran mucho más seguros al defender elementos de la cotidianeidad tales como montaña y mar; cosas que hoy por hoy y ante la perspectiva de dichos tulipanes dan una experiencia artística/estética/mágica muy superior a la que el Guggenheim puede aportar. Y no creo que sea causa de una simpleza de pensamiento precisamente.
Pese a ello admiten que antes del Guggenheim Bilbao era “una mierda” y hoy por hoy se ha desarrollado a pasos agigantados.
Por último, una recomendación: visitar el Bar Manolo. Todo lo demás perderá sentido.

3 comentarios:

  1. JAJA el sacramento con Jeff Koons de atrezzo me ha parecido sencillamente genial; cómo convertir una obra irónicamente kitsch en algo mucho más barroco.

    Por lo demás, el desarrollo político del Guggenheim ha traído consigo no sólo una reconversión atractiva cultural para la ciudad, sino un escaparate del mercachifle.

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  2. mmm... me he quedado impresionada con el primer párrafo, o las primeras líneas. Vaya alumnos aplicados.

    Respecto al uso popular de las obras de arte. Uno de los mejores momentos de mi vida fue en época adolescente cuando visité con unos amigos el parque arqueológico de Segóbriga, antes de que hubiera guía y normas...

    Lo pasamos en grande, jugando a los toreros en el anfiteatro, grabándonos con cámaras de vídeo y pisoteando todas las piedras... Solamente a la salida vimos un cartel cochambroso que decía que no se pisaran las ruinas...

    Actualmente siento lo mismo viendo a mis hijas. Me gustó el juego que desarrollaron con las esculturas de Igor Mitoraj hace unos días, en Madrid.

    La obra de arte siempre es de uso popular. Solo que este uso está determinado y reglado por los organismos públicos y privados que son responsables de las obras o su exposición puntual ante el público.

    El otro día me contaron una anécdota en el Reina Sofía durante la expo de Picasso. Un niño se saltó el límite corriendo y plantó su mano en el Guernica. La alarma sonó y el público... quizás, sonrió.

    Saludos.

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  3. "El bilbaino enmascarado" ^^19 de mayo de 2008, 6:39

    Jajaja la verdad es que el texto esta muy divertido e ilustrativo chicas, y estoy bastante de acuerdo con la mayoria, sobre todo con las declaraciones de aquellos chicos (¿Porqué será?), si insertais algún taco más de vez en cuando seríais excelentes para escribir artículos en el XL Semanal al más puro estilo Reverte jejejeje.

    A ver si volveis dentro de poco, que os debo un cubata en el sitio(jaja, no sospechasteis de mi estratagema para que tengais que volver al sitio). A Ana se lo pago yo también por todo lo que me has aguatado, que eres una santa jodia. Que coño, os invito porque soy de Bilbao y ya esta.

    Un besazo guapas!! Echandoos en falta...

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