jueves, 17 de noviembre de 2011

Quien a hiero mata...

El beso entre Breznev (URSS) y Honecker (RDA) fue noticia política a finales de los años setenta y de inmediato se transformó en "símbolo contradictorio". Para los "socialistas" (socialismo real) el beso entre Breznev y Honeker era "símbolo de la universalidad del mensaje socialista"; para los pro-occidentales, aquel beso fue, ante todo, recurso bufo, de matices homofóbicos, para evaluar el descoloque de una sociedad que vivía de espaldas a las necesidades psicológicas más elementales del ser humano, aquellas que descansan sobre los substratos más profundos del psiquismo humano (la "instancia profunda" de la personalidad y los mecanismos de preprogramación genética). ¿No es "divertido" contemplar a dos hombres adultos besándose en la boca? ¿No es "divertido" hacer chistes procaces sobre ello? 
Recordemos que por entonces aún estaban relativamente "frescas" las ideas que Bertolucci enfatizó en El conformista, forzando el relato de Moravia para ofrecer una asociación interesada entre la pasividad política (fascista) y la sexualidad "anómala" de Marcelo.


Años después, la misma imagen, reelaborada por Dimitri Vrubel, se ha convertido en algo nuevo y totalmente ajeno a las pretensiones de quienes protagonizaron la Guerra Fría e incluso de los cineastas "rojos". El beso de Breznev y Honecker ahora es "símbolo turístico" de Berlin, que determina un lugar de visita obligada junto con el Checkpoint Charlie o la Puera de Brandenburgo. Y es que, con frecuencia, las imágenes —tanto si son fotográficas como pintadas— adquieren vida propia y desbordan los deseos del creador gráfico. 
Algunos deducen que la imágenes poseen poderes mágicos...



En la actualidad esa magia ha adquirido matices espectaculares e hilarantes: con el "asunto Benetton", los maestros de la publicidad, los modernos inventores de la propaganda, se han dado de bruces con una provocación imposible de soslayar. Y en esa imposibilidad está latente el ingenio del "creativo" publicitario, que pocas veces merece título tan digno.

La campaña permite un análisis en dos vertientes complementarias:
Lo "aparente". A partir de unas cuantas imágenes, la campaña ofrece al público en general un propuesta de reflexión (¿arte?) contra el odio, sobre la paz, el amor, la hermandad entre los pueblos... algunos de los "valores" que conforman la ingenuidad ética de quienes están desembarcando en la madurez. Desde esa propuesta, a tenor de las personalidades elegidas protagonizar los carteles, ha nacido un debate relativamente ingenuo: ¿Es lícito emplear las imágenes de los dignatarios políticos y religiosos? ¿Supone una falta de respeto "manipular" las imágenes del presidente norteamericano o del Papa? ¿Por qué? En ese contexto, se me ocurre una pregunta, asimismo ingenua: ¿Es lícito manipular la imagen de los políticos no afines o, sin ir más lejos, la imagen de Jesucristo?
Lo "real". Lo específico de toda campaña publicitaria:  incrementar las ventas de Benetton mediante un procedimiento comercial obvio: forzar la popularidad y la "buena imagen" de la marca entre sus posibles clientes. Y para ello, además de ofrecer toda la parafernalia justificadora, en este caso concreto, han jugado una carta genial:  pocos meses después de la JMJ, forzar una reacción del Vaticano en contra de la ensalada ética de la juventud, aderezada con unas gotitas de aceto balsámico de Narbona, con aroma de heterodoxia sexual...


En el momento de escribir estas líneas ha sido retirado el gran cartel dispuesto sobre el puente de Sant'Angelo y la Casa Blanca se ha manifestado en contra de la campaña... Pero el triunfo de Benetton ha sido espectacular.

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