domingo, 23 de junio de 2013

Los límites de la arquitectura gótica: la catedral de Beauvais

Cuando se empieza a explicar la arquitectura del siglo XIII en Francia es imprescindible aclarar que el término “gótico” nació con matices despectivos de la pluma de Giorgio Vasari, personaje a quien tanto debe la Historia del Arte. Y de inmediato debemos acotar que la apreciación de Vasari, tantas veces magistral, no fue demasiado precisa: las catedrales góticas no fueron realizadas por los godos, puesto que el siglo XIII está muy alejado de las invasiones bárbaras; tampoco es admisible considerar las catedrales góticas como edificios de mala arquitectura, puesto que a todos nos siguen maravillando; no parece discutible la calidad arquitectónica de los edificios que engrandecieron muchas ciudades europeas entre los siglo XIII y XVI. Aclarado el equívoco, el siguiente paso sería explicar las características esenciales de la arquitectura gótica y, acaso, comentar el origen de las bóvedas de crucería…


¿Equívoco? Evidentemente, las catedrales góticas no fueron construidas por los godos, pero el olfato de Vasari no andaba tan descaminado porque también es indiscutible que ellas pertenecen a la época histórica generada, precisamente, a consecuencia de la desintegración de la cultura helenística.  Creo que merece la pena contextualizar el juicio, que enunció al tratar de los “cinco órdenes de la arquitectura” (rústico, dórico, jónico, corintio, compuesto y del trabajo gótico) (capítulo III):

"Hay otros tipos de trabajos que se llaman alemanes, que son muy distintos en cuanto a ornamentación y proporciones a los órdenes antiguos y modernos. Este orden ha sido abandonado por nuestros buenos artistas por considerarlo monstruoso, bárbaro y sin ninguna armonía, y en vez de orden debería llamarse confusión y desorden. Han construido en sus edificios, que son tantos que han corrompido el mundo, puertas adornadas con columnas finísimas y sinuosas a manera de parras, que carecen de fuerza suficiente para sostener ningún peso; y así por todos lados y con otros tipos de adornos construían una maldición de tabernáculos pequeños, colocados unos encima de otros, con tantas pirámides, puntas y hojas, que parece imposible que puedan sostenerse; y dan más la impresión de estar hechos de papel que de mármol o de piedra. Y en estas obras tantos detalles, hendiduras, repisitas y caulículos que desproporcionaban todo lo que construían, y a menudo, por la acumulación de detalles y elementos, alcanzaban tal altura que al final de las puertas tocaba el techo. Este estilo fue inventado por los godos. Como las guerras destruyeron todos los edificios antiguos y desaparecieron los arquitectos, los modernos empezaron a construir en la forma que hemos dicho, haciendo los techos en ángulo agudo y llenando toda Italia con esta maldición de edificios que, por suerte, no se erigen ya. Quiera Dios librar a los pueblos de caer en el error de concebir tales edificios, que por su deformidad y por carecer en absoluto de la belleza de nuestros órdenes no son dignos de que los describamos"

Y lo cierto es que los arquitectos le hicieron caso, porque, salvando el paréntesis neogótico, la modalidad que seguimos relacionando con el Abad Suger, se abandonó, seguramente por poderosas razones de sentido común. Las catedrales góticas son, ante todo, edificios colosales, ajenos a la racionalidad constructiva conseguida en la Antigüedad, únicamente posibles en momentos de fanatismo desbordado y poder eclesiástico desmesurado; circunstancias incompatibles con los valores derivados del Renacimiento, cuyos valedores apostaron, precisamente, por el intento de recuperar el desarrollo cultual de aquella lejana época. Y esa voluntad se manifestó en Italia mucho antes que en Francia, tal y como acreditan algunos edificios de calidad arquitectónica excepcional, construidos entre los siglos XI y XV (Duomo de Pisa y Duomo de Florencia, por ejemplo), por lo general mucho más dependientes de las fórmulas constructivas grecolatinas que de las "innovaciones" medievales. Acaso, por ello, mientras en ciertas zonas al gótico tardío seguían llamando "estilo moderno", en Italia, Bruneleschi estaba construyendo la cúpula de Santa Maria del Fiore. Vasari exageró los términos, pero sus apreciaciones no eran las de ningún estúpido.


La catedral de Beauvais define los límites de un sistema que se repitió mil veces en buena parte de Europa entre los siglos XIII y XVI porque la construcción se llevó a cabo, precisamente, durante ese período. Las obras comenzaron en 1225 y, muy pronto, sus promotores asumieron el reto de superar en altura y luminosidad a las de las ciudades próximas... Para ello aligeraron la sección de los elementos estructurales y continuaron ascendiendo cuando llegaron a la altura de otras catedrales, construidas con éxito. El resultado fue un edificio propio del orfebre, concebido en los límites de las posibilidades estáticas de un sistema constructivo concebido desde el rigor geométrico y la experiencia práctica de los maestros de obras.
Por desgracia, en 1284 se derrumbó parte del coro… pero la voluntad de superación persistió y en pleno siglo XVI, cuando los recursos técnicos eran más amplios y existían fórmulas alternativas, se construyó la torre más alta de la cristiandad (153 m. de altura), que se terminó en 1569, coincidiendo con la segunda edición de la obra de Vasari:

"Nous construirons une flèche si haute, qu'une fois terminée, ceux qui la verront penseront que nous étions fous".

La "locura" duró cuatro años, porque en 1573 se derrumbó la aguja, por fortuna, cuando la iglesia estaba vacía. Se habló de "milagro", pero hasta Delacroix (diario, vol 1) entendió el asunto casi como Vasari:

"J'ai appris là ce que l'univers ne croira pas : La cathédrale de Beauvais manque d'une aile qui n'a jamais été achevée ; la dite cathédrale est d'un gothique mêlé du xvie siècle : on discute sérieusement si le morceau qui reste à faire sera refait dans le style du reste ou dans celui du 13ème qui est le style favori des antiquaires en ce moment. De cette manière on apprendra à vivre à ces ignorants du xvieme siècle qui ont eu le malheur de ne pas être nés trois siècles plus tôt."


El milagro hubiera sido que la aguja monumental se hubiera mantenido en pie sobre unas estructura tan "delicada". Quienes se ocuparon de la conservación de la catedral debieron aplicar múltiples "correcciones" y  medidas de estabilización muy pronto, seguramente, a partir de los primeros derrumbes (1284). Es posible que en esa época se colocaron por el exterior los tensores metálicos que fueron retirados en los años sesenta del siglo XX, porque según indicaron los expertos de la época, eran feos e "innecesarios"... Poco después y ante las amenazas perceptibles, decidieron colocarlos de nuevo, "lógicamente", aprovechando las cualidades mecánicas de la siderurgia industrial con aceros mucho más rígidos y, en consecuencia, aparecieron nuevos problemas... Los edificios construidos superponiendo bloques de piedra asumen mejor los asentamientos accidentales que los realizados mediante empotramientos rígidos.


Al parecer y según recogen las referencias accesibles en Internet, los técnicos han peritado que los problemas de edificio no derivan de la inestabilidad de los cimientos, como podría deducirse de un sistema constructivo basado en la desmesura de las cargas verticales... Sin embargo, en la actualidad y por el interior, se pueden ver intervenciones en la cimentación, arriostramientos y apeos de diversa concepción en diferentes lugares de las naves; también se aprecian numerosos puntos de control, que garantizan control y estabilidad a corto plazo. A pesar de ello, echar un vistazo a los paramentos infunde pavor, porque se aprecian demasiados heridas mal disimuladas.



Según las mismas fuentes, los problemas estructurales de la catedral de Beauvais derivan de su gran altura (obvio) y de la carencia de una nave en la zona oeste que compense las cargas desestabilizadoras, atribuidas, fundamentalmente, a la acción de los fuertes vientos procedentes del canal de la Mancha. Desde la observación de los apeos, deduzco la existencia de problemas de otros orígenes, en todo caso, relacionados con la desmesurada altura de los pilares (cargas propias) y con los efectos derivados del reparto heterogéneo de los esfuerzos recibidos y transmitidos por ellos.
Desde los medios constructivos actuales, no se me ocurre la fórmula para resolver con eficacia razonable los problemas de un edificio que puede contemplarse como testimonio de superación o como gesto de soberbia. Pero en todo caso, sería una pena que se derrumbara, porque acaso sea fundamental para poner de manifiesto las limitaciones estructurales de una fórmula constructiva que, sin él, pudiera creerse de posibilidades ilimitadas.

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