domingo, 26 de abril de 2015

705, 715, 2.700

No son números de la serie de Fibonacci ni un guiño innovador a la aritmética panteísta de Tarkovski, aunque pudieran serlo. 1 + 1 = 1  ¡Qué vulgaridad! No son 705, como habían adelantado los medios perspicaces, sino 715 o así lo explicó, en clave surrealista, el celebérrimo prócer de las "reperas patateras". Por fin, en tenebroso ambiente de ingenio raquítico y aritmética teosófica, tenemos la versión resumida del censo oficial de los emprendedores con escasos prejuicios éticos que sestean, medran y alimentan los circuitos de aguas fecales de esta España nuestra. No son 100 ni 200 ni 300 como los famosos griegos; ni por supuesto los 2.700 de la lista Falciani. Son exactamente 715, ni uno más ni uno menos. Permanezcamos tranquilos: la cosa no es para tanto. Además ya conocemos a los más notorios; ya nos han ofrecido en bandeja de plata unos cuantos chivos expiatorios, que acaso entren en la cárcel... dentro de 20 años.
Me pregunto dónde estarán los 2.000 restantes... y, por supuesto, los clientes de otros bancos suizos porque, según explica el manual del buen emprendedor, es importante diversificar los riesgos y no todos los magnates "trabajaban" (y siguen trabajando) con el HSBC. Pero no se pueden saber los nombres que ocultan los números porque la ley protege "sus intimidades"...
Sobre la metáfora pudorosa, la situación es magnífica reseña para que el sistema educativo socialice a niños y jóvenes. Deduzco que junto a los "fundamentos de economía financiera", asignatura patrocinada por los banqueros, también convendría enseñar a los jóvenes, que asisten a los colegios de ciertos barrios, los recursos proporcionados por la Ley a los emprendedores sin escrúpulos para optimizar las posibilidades de la presunción de inocencia. Al fin y al cabo, cuando la Ley se aleja de los valores éticos de la mayoría sólo es levita raída de exhibicionistas, un conjunto de convencionalismos sociales mejor o peor zurcidos; y los principios de socialización, adquiridos en el proceso educativo, implican asimilar los usos y costumbres "civilizados", incluso aunque sean absurdos.También en clave surrealista, sin acotaciones teosóficas ni "patateras", por supuesto con mayor riqueza argumental, lo explicó Buñuel en El fantasma de la libertad (1974)...

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