martes, 30 de junio de 2015

Un despiste dramático

Cuando el turista llega al cabo Sunión para realizar la preceptiva foto del templo de Peseidón, a la caída de la tarde, corre el riesgo de los cambios meteorológicos que desluzcan el efecto, pero, en todo caso, siempre están ahí los restos del templo y el bar donde ponen un chocolate, cuando menos, "interesante". El bebedizo compensa un viaje más largo de lo expresado por la distancia que separa el acantilado famoso de Atenas, y el templo nos remite a cuando los vigías avisaban de quienes, procedentes del difuso Sur, pretendían llegar a Atenas.
Entre las mil anécdotas inducidas por un punto tan relevante en las vías marítimas antiguas,destaca una repetida de oficio por los guías: la que nos ayuda a entender de donde viene el nombre del mar Egeo y, a su vez, nos informa sobre el desenlace del enfrentamiento entre Teseo y el Minotauro, aquel peculiar "animal", nacido de un pecado sexual de esos que proporcionan bocados de cardenal a los freudianos, y que tanto inspiró a San Pablo Picasso. Todo el mundo conoce cómo, hace muchos, muchos años, el héroe griego resolvió un problema político-militar, que obligaba a los atenienses a alimentar periódicamente —no sé si en sentido recto o metafórico— la voracidad del Minotauro con siete mozos y siete mozas, por supuesto, vírgenes. Pero es menos conocido lo sucedido cuando Teseo regresó triunfante a su casa...
Teseo se relajó en exceso y se olvidó del acuerdo establecido con su padre para anunciar el resultado de la empresa con las velas del barco; si el barco enarbolaba telas negras, la empresa habría culminado dramáticamente... El hijo de Etra olvidó poner las velas blancas y su padre Egeo, loco de dolor, se arrojó al abismo.


Me cuesta imaginar a Yanis Varufakis o a Alexis Tsipras en los papeles de Teseo y Egeo, respectivamente, pero... aún me cuesta más imaginar a Christine Lagarde, como Pasifae. Y sin embargo, establecer la relación tiene su gracia.

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