domingo, 2 de noviembre de 2014

El Guggenheim-Bilbao 17 años después

El aniversario coincidió con la entrega del premio Príncipe de Asturias a Frank Gehry, el arquitecto de la ilustre peineta y otras filigranas espectaculares... Para celebrarlo la institución con sede en la Quinta Avenida no cobró la entrada el día 26 de octubre...  ¡Por un día dejó de ser museoide para ser museo! Y se llenó de un público tan variopinto como el de cualquier otros día, pero mucho más numeroso... Obviamente, el precio de la entrada define una barrera infranqueable para muchos.


Fueron tan numerosos quienes se manifestaron contra la aventura de Thomas Krens, que abochorna contemplar la extraordinaria unanimidad que hoy concita el museoide de Bilbao. Ciertamente, la aventura triunfó estrepitosamente, como habría triunfado un elefante anarquista en una cacharrería pija. Y algunos estúpidos dedujeron que para animar la actividad económica no había nada mejor que las inversiones "culturales"... Francamente no creo que el museoide Guggenheim-Balbao sea una inversión cultural; es otra cosa, aunque conlleve ciertas circunstancias, cualidades o posibilidades culturales asociadas a los procesos de globalización propugnados por quienes dirigen la muy prestigiosa institución de la muy exclusiva Quinta Avenida.
Es interesante recordar el "argumento" que, según su propia confesión, convenció al lehendakari Ardanza, según un "documental" de TVE emitido coincidiendo con la inauguración:

"Y él (Thomas Krens) siempre hablaba del museo Guggenheim de Nueva York, en las bondades del museo, desde el punto de vista fundamentalmente económico y de la cuenta de explotación. Y por otra parte yo veía que los que estaban metidos en la fundación del museo Guggenheim  no eran cuatro patanes a los que se les había engañado por parte de Krens, sino que la flor y nata de las mayores fortunas del mundo, prácticamente en su 80 % judías, en  Estados Unidos, eran los miembros de ese patronato. Hombre... me da la sensación que éstos tontos no serán."

Si los millonarios judíos están detrás de la fundación Solomon Guggenheim, lo que tiene el museo ha de ser maravilloso... ¡Qué cosas! Y que no se le ocurra a nadie establecer paralelismos entre tan sagaz juicio y otro emitido setenta años atrás, porque sería ultrajante. Las cosas relacionadas con el arte son, ante todo, divertidas, muy divertidas. Las esferas de Anish Kapoor muestran la realidad especular de quien se mira en ellas en simetría casi perfecta, pero setenta años más joven.


Para desazón de quienes durante aquellos lejanos años se manifestaron contrarios a derroche faraónico, que fueron legión en España y, sobre todo, en Estados Unidos, la aventura del Guggenheim-Bilbao llegó a buen puerto y se convirtió en uno de los motores más relevantes en la resurrección de una ciudad que, hasta entonces, era incómoda de recorrer, desagradable de pasear, esencialmente fea; por fortuna, lo compensaba la secular hospitalidad de los aborígenes, muy cordiales en el trato y amigos del buen beber y mejor comer, aunque por su peculiar idiosincrasia permanecieran ajenos a los muy acreditados fenómenos deconstructivos.

¿Cuál fue la clave del éxito? ¿El genio de Frank Gehry?; ¿la agresividad comercial de Thomasn Krens?; ¿la ingenuidad de los políticos españoles?; ¿las posibilidades contradictorias de una ciudad al borde de la quiebra urbanística?; ¿los mecanismos derivados de la recalificación...?
Seguramente se conjugaron muchos factores, los mencionados, los inalcanzables a mis debilidades comprensivas y otros más difusos, incluyendo la tópica chulería de quienes han convertido el maximalismo en rasgo de identidad sociológica. ¿Titanio? ¡Por qué no!
Sea como fuere, la antigua zona deprimida de se ha convertido en un paraje sumamente agradable y las gentes peregrinan a Bilbao para contemplar el edificio que, según dicen, parece un barco mágico, y de paso, dar un paseo por las salas donde dormitan obras de reconocido mérito estético, aunque sea difícil "entenderlo".
Seguramente se ha exagerado la relevancia del carácter espectacular del edificio, pero sería estúpido discutir que sus cualidades fueron pieza clave en un mecanismo excepcional, que fue mal entendido por quienes buscan clavos ardientes para sacar tajada en los juegos endogámicos a los que tan aficionados son los pijos del monopoly. Y el "éxito del Guggenheim" sirvió para justificar inversiones magalónamas en empresas surrealistas...


Pasados 17 años, ¿quién se acuerda de la oposición mayoritaria de la sociedad vasca a un proyecto ajeno a sus propias tradiciones? El Guggenheim-Bilbao ha de prorrogar los acuerdos establecidos con el Gobierno Vasco, en una situación perfectamente integrada en lo social, con programas ejemplares en los territorios específicos de los museos convencionales. Como museo, ofrece unas instalaciones impecables; las propuestas educativas son paradigmáticas; lo mismo se puede decir de la atención que el museo presta a sus convecinos... Hasta el viejo conflicto, que estuvo a punto de colapsar las negociaciones entre la fundación norteamericana y el gobierno vasco, porque los gestores de la Quinta Avenida no aceptaron que el museo estuviera obligado a prestar especial atención al "arte vasco", se ha resuelto dedicando sendas salas a Oteiza y Chillida...
Sólo queda la estúpida prohibición de hacer fotografías, que sitúa a este "parque temático" entre coordenadas de nobleza y postulados dogmáticos... por defender los derechos de reproducción. Sin embargo, me ha parecido que los vigilantes tienen instrucciones de no ser demasiado enérgicos, acaso por no ofrecer la imagen antipática de otras instituciones cuyos gestores parecen empeñados en recuperar los valores estéticos del absolutismo.

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