lunes, 3 de noviembre de 2014

Ferrán Adrià: Auditando el proceso creativo

Por Rof

El folleto de presentación de la exposición, muestra repetidamente la palabra inglesa “why”, y traduciéndola a nuestro idioma, yo me hago la misma pregunta, ¿por qué? ¿Por qué se ha elegido la palabra auditar para el título de la exposición? Más aún cuando se pone en relación con la creatividad, ¿acaso la creatividad es algo que se puede cuantificar o fiscalizar? En mi opinión no. Sin embargo dentro de la exposición se da la siguiente explicación: “La decisión de someter a examen todo el análisis evolutivo de 2009 condujo a efectuar una auditoría sobre el resultado final, ejerciendo una técnica de control sobre la creatividad del propio equipo que permitió detectar de qué modo se había evolucionado. A su vez, esta auditoría era fundamental para evolucionar en la temporada siguiente ya que indicaba cuáles eran las vías que se habían abierto y qué caminos se podían explorar”. No estoy seguro de si es su idea de creatividad la equivocada, o acaso es la mía. No concibo cómo se puede ejercer control sobre la creatividad siendo esta una cualidad veleidosa, una chispa que aparece sin ser evocada o llamada, un fogonazo de luz que ilumina la oscuridad del pensamiento. No obstante, si estoy de acuerdo en que una vez que la creatividad entra en escena, es necesario un proceso de trabajo y estudio para dar forma a esas ideas, pero ese trabajo es a posteriori, no se puede controlar la creatividad con un botón ni mediante un proceso. Las ideas se tienen o no, y es después de que surjan cuando meditando y trabajando sobre ellas podremos decidir si merecen la pena o deben ser descartadas.


Dejando a un lado las ideas propias y centrándonos más en la exposición, dice el propio Adrià en una entrevista al diario El País, “el formato de la exposición es accesible, divulgativo, mezclado con una parte emocional”. Si bien esta definición no falta a la verdad, ya que la muestra está bien organizada y es gratuita, con lo que se puede considerar accesible, y expone el material de trabajo recopilado a lo largo de los años de experimentación en elBulli, por lo que también es divulgativa, no creo que realmente se busque una conexión con el público en general. Al comienzo, en la antesala de la exposición hay varias pantallas y dispositivos en los que el público puede hacerse un perfil creativo, se muestran videos de gente anónima dando su definición subjetiva de la creatividad, dispositivos móviles, etc. Cuando lo vi, pensé que aunque la temática no me entusiasmaba demasiado, podría ser una exposición interactiva y divertida, sin embargo una vez se entra en la muestra tal cual el protagonismo del público es totalmente sepultado por el protagonismo de elBulli y de Ferrán Adrià. Ya desde el comienzo, se hace un pequeño repaso de la historia del restaurante que, poco a poco, acaba convirtiéndose en un alarde de premios, portadas de revistas, delantales firmados e incluso figuritas de caganer del propio Adrià. Todo esto va acompañado por sendos esquemas sobre el proceso creativo que, aunque estéticamente llamativos, eran lo suficientemente complejos para que la mayoría de la gente no se molestase en leerlos.  También es digno de mención la cantidad de espacio dentro de la exposición dedicada a pasillos forrados de notas manuscritas o cuadernos y archivadores en vitrinas. Entiendo que se quiere mostrar el trabajo de investigación que conlleva la creación de los diferentes platos que se idearon en el restaurante, pero, probablemente, excepto para entendidos o gente del mundo de la cocina interesada en este tipo de procesos, no son más que galimatías y, seamos sinceros, salvopara algún que otro mitómano, un archivador en una vitrina, por mucho que pertenezca a Ferrán Adrià, no deja de ser un archivador.


Pero no quiero que parezca que me centro sólo en lo negativo. Hay dos puntos que sí que me resultaron interesantes. Por un lado la vitrina que mostraba el proceso de creación del “ravioli que se va”, única parte, a mi modo de ver, en la que se presenta el proceso creativo de un plato directamente desde un punto de vista gastronómico y no desde una nota en un cuaderno. El otro fue la muestra de los variopintos instrumentos y vajilla que se idearon exclusivamente para degustar los platos creados en elBulli. Estos interesantes utensilios en ocasiones trascienden la mera funcionalidad para convertirse en objetos puramente estéticos. Bien es cierto que habría encontrado más acertado poner a disposición del público reproducciones de dichos utensilios para poder acercar la experiencia de una comida en el restaurante puesto que, no nos engañemos, hay a lo largo de la exposición una suerte de tufillo elitista que no deja de agrandar el abismo entre el espectador y lo que se quiere mostrar. Ciertos detalles que se pueden leer a lo largo del recorrido como por ejemplo: “eliminando la distinción entre objetos de lujo y objetos cotidianos, ennobleciendo y dignificando los utensilios de uso diario, dándoles un espacio en la mesa de un restaurante como elBulli”, parecen darnos a entender que los que somos meros tragaldabas y comemos con cuchara y tenedor debemos estar agradecidos de que se permita que nuestros instrumentos innobles puedan compartir mesa con las vajillas exclusivas del restaurante.


En conclusión, creo que lo que podría haber sido una buena oportunidad de acercar la nouvelle cuisine  al gran público que, como yo, no terminamos de comprender ciertos conceptos como deconstrucción o  cocina sensorial, se queda en un mero ejercicio de autocomplacencia en el que tanto elBulli, como el propio Adrià hacen gala de una cierta falta humildad a la hora de transmitir su legado gastronómico y, más que otra cosa, propician que el interés que pudiesen sentir algunos visitantes por este mundillo, se apague como un fogón sin gas.

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