martes, 17 de septiembre de 2013

El Museo de Bellas Artes de La Coruña

El actual museo ocupa un edificio construido bajo proyecto de Manuel Gallego Jorreto, sobre el solar que ocupara el convento de las Capuchinas, cerca de la plaza de María Pita, en las proximidades de las zonas más antiguas de La Coruña. La sensación general que ofrece este museo completado con obras cedidas por el Museo del Prado, es muy grata, puesto que como enfatizan en la página web —manifiestamente mejorable—, el proyecto ha sabido combinar la madera de haya, el granito, el cristal y los elementos metálicos. Sólo aprecié alguna anomalía arquitectónica, como la dificultad para eliminar los “mensajes” de las gaviotas sobre las cristaleras altas de la galería "central" (no es estrictamente central), o la escasa capacidad declamatoria de la fachada.
La articulación mediante espacios contrapuestos en horizontal y vertical  y la organización de las diversas salas proporcionan una sensación general agradables, que invita a recorrerlo. Lo más discutible —que no necesariamente censurable—, acaso derive de la relevancia del contexto, que condiciona la percepción de las obras. Los tonos neutros no modifican substancialmente el potencial cromático de las pinturas, mientras que los fondos cálidos de las áreas más teatralizadas refuerzan y aún proyectan matices verdosos que alteran la entidad visual de las pinturas colocadas sobre ellos. Supongo que, como sucede en otros muchos museos, quienes han tomado decisiones han antepuesto el aspecto general de la instalación sobre la percepción de las obras,
También es llamativa la sensación de que el museo, aunque ofrezca gran elasticidad organizativa, está pensado para una colección perfectamente definida y cerrada; acaso por ello se nota demasiado que "falta algo"... ¿Tal vez alguna obra de Carducho?.

Germán Taibo González, Desnudo (1914)
Se puede ascender en ascensor y recorrer las salas de modo más confortable aunque con ello se altere el orden expositivo de la instalación global, que ofrece una discontinuidad en la zona de acceso, donde encontramos varias obras “actuales”, de calidad irregular e instaladas según criterios poco afortunados: faltaba alguna cartela o no era fácil encontrarla y se veían detalles de sujeción poco efectivos.
Está bien dotado de asientos en el interior de algunas zonas, existe un espacio razonable para actividades pedagógicas y para actos públicos, pero no ofrece demasiada información en trípticos ni en las cartelas ni en paneles de apoyo.
Las salas altas, dedicadas a los siglos XIX y XX, están aceptablemente  iluminadas (no han resuelto las "cejas" de sombra de los marcos) mientras que las bajas han sido resueltas con una concepción escenográfica en ocasiones algo forzada, sobre todo en la zona "noble", que acentúa aún más el mencionado condicionante cromático de la pared.
Me llamó especialmente la atención el formato de los puestos de los vigilantes,dotados de mesa con foco y teléfono, como si la institución consintiera que permanecieran leyendo… cuando no hubiera visitantes.

Al entrar nos sometieron a una encuesta que ilustra el desconcierto desde el que estas instituciones intentan afrontan una de sus debilidades más notorias: el escaso interés de la ciudadanía.
Las preguntas:
  • ¿De dónde vienen?
  • ¿Cómo se enteraron de la existencia del museo?
  • ¿Les resultó fácil llegar a él?
  • ¿Cuál es el motivo de la visita?


Dudo mucho que alguien pueda sacar conclusiones operativas desde el conteo de porcentajes y correlaciones con cuestiones de este cariz...

Sintetizando

Tiene algunas obras especialmente interesantes, entre las que me place destacar el retrato de Amalia Salaverría de Federico Madrazo y Kuntz. Ya no quedan mujeres como ella...

Federico Madrazo y Kuntz, retrato de Amalia Salaverría (1879-81), detalle.
Dicen que los visitan 85.000 personas al año... Será cierto, pero no nos pareció que pudieran alcanzar la cifra de 300 visitantes aquel día. Nos dio la sensación de que el museo estaba en armonía dinámica estable y segura gracias al predomino de los empleados del museo sobre los curiosos y por eso, cuando vimos que entraba un grupo de varias personas algo bullangueras y abrumados por la presencia onerosa del Gigante cabreado de Leiro, lo abandonamos; no fuera a ser que se produjera un cataclismo por la ruptura del recogimiento y, sobre todo, del equilibrio espacio-temporal…

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