lunes, 16 de septiembre de 2013

Eros, Thanatos y deyecciones en el Keramikos Museum

Está en una de las zonas aparentemente marginales del conjunto arqueológico ateniense, dispuesta sobre una extensa zona funeraria, activa durante muchos años. Sin embargo, no carece de interés porque ofrece una muy amplia colección cerámica y algunas esculturas de excepcional singularidad. De entre todas ellas, recordando la asociación entre Eros y Thanatos y obsesionado por el objetivo lúdico de las prácticas museísticas, me interesa destacar las declinadas hacia el universo sexual.


Es de interés periodístico el descomunal tamaño de los testículos del toro que culminaba el monumento funerario de Dionisios de Kollytos (s. IV a. JC); por sí solos y sin necesidad de ampliar la vulgaridad con la evaluación de otros atributos, podrían haber justificado el nombre de Campanero al animal, con muchos más méritos que al de la copla. Como el tal Dionisos murió soltero, circunstancia sumamente anómala —o no tanto— en aquella época, tal exageración escultórica impone conjeturas especialmente sabrosas y algunas también hilarantes. Acaso naciera aquí aquello de “Dime de qué presumes…”
También es divertida una pieza cerámica (askos de figuras rojas sobre fondo negro) del siglo V con dos dibujos de marcado y explícito carácter sexual. Frente a lo que parece ser habitual en los museos griegos, engolados de seriedad y rigor académico, los gestores de éste, que podrían haber colocado la pieza para que se viera claramente el acoplamiento más recatado y veladamente el otro, han optado por la solución contraria, es decir, por ofrecer al público la composición con mayor potencial para escandalizar a mentes probas. La imagen, en su potencial polisémico proporciona fundamento sobrado para ser interpretada como una relación más o menos ortodoxa o como otra menos “natural”. No sé si lo de “el griego” procede de este askos o de ciertas costumbres sexuales de los helenos antiguos y acaso, modernos, pero sea como fuere, es obvio que los pintores griegos eran tan sensibles al perreo como Miley Cyrus. ¡Y consecuentes!

El museo comprende varias salas periféricas a un patio, rectangulares y desarrolladas a lo largo de toda su anchura algo estrechas, incompatibles con la masificación de visitantes; el patio es más o menos cuadrado y está protegido mediante una estructura metálica piramidal, con cortinas para mitigar el exceso de luz, que fueron diseñadas con poca fortuna: el reparto fragmentario de cada superficie inclinada engendra situaciones de gran heterogeneidad lumínica, que complican la contemplación y, desde luego, la realización de fotografías.


Como es sumamente frecuente en otros museos, el diseño de las vitrinas no facilita la contemplación de los objetos y como en otros muchos también aquí los vidrios generan demasiados reflejos.
No deben contar con una climatización demasiado eficaz puesto que recurren a la apertura de las ventanas para refrescar el ambiente.
Para no escapar de lo más prosaico y de las torpezas arquitectónicas, resta mencionar una circunstancia del los aseos, dispuestos fuera del museo en una zona apartada. Siguiendo una fórmula que es posible documentar en otros lugares (también en España), colocaron un sumidero en el suelo, acaso imaginando que con ello facilitarían la limpieza general; pero la fórmula tiene un indecoroso inconveniente: si los conductos no fluyen correctamente, al accionar la cisterna, la presión del agua consigue que algunos fragmentos excrementicios del inodoro aparezcan por el sumidero…  Realmente asqueroso.

Acaso por su situación marginal y escasa espectacularidad, yacimiento funerario y museo reciben escasos visitantes, que hacen poco intensas las preocupaciones de varios vigilantes, todos ellos sumamente amables y menos engolados que los de otros lugares, entre quienes destaca una señora de “mediana edad”, magníficamente dotada por la naturaleza, que el día de la visita lucía declamatorio y vaporoso vestido rojo… El Eros se impone al Thanatos y, por supuesto a la escatología.

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