martes, 16 de septiembre de 2014

El museo de Évora

Está junto al templo de Diana y ocupa el antiguo Palacio Episcopal, un edificio readaptado en el año 2008, con dos partes netamente diferenciadas: arqueología y bellas artes. Lo más relevante es el retablo de la Catedral de Évora, atribuido al círculo de Gerard David, que se presenta en una instalación espectacular, realizada al efecto y concebida para que el visitante pueda contemplar el conjunto desde una posición muy cómoda,  fuera del contexto para el que fue concebido; para conseguirlo han creado una sala con el suelo rehundido, y todo forrado de madera. Hasta han colocado asientos "muy cómodos" para que el visitante se recupere si le afecta el síndrome de Stendhal.
Se me ocurre un inconveniente "de principio" para esta forma de ofrecer un retablo: para valorarlo sería más adecuado tener en cuenta la posición relativa de cada elemento en el conjunto; si en el contexto de un museo, optamos por olvidar el condicionante funcional bajo el que fue realizado, acaso fuera mejor contemplar cada pintura individualmente, tal y como se suele hacer cuando se exhiben únicamente dos o tres tablas de un retablo.
Como registra la fotografía, la fórmula elegida para iluminarlo, mediante focos y una pantalla reflectora, engendra un gradiente lumínico no demasiado incómodo cuando contemplamos el retablo en directo, gracias ala capacidad de nuestro sistema perceptivo para adaptarse a situaciones de gran heterogeneidad ("constancia perceptiva"); sin embargo, los resultados fotográficos son nefastos.



En el resto de la zona de "bellas artes", el planteamiento museístico es muy agradable; cuando lo visitamos existían obras "actuales" intercaladas entre las pinturas "antiguas", que en algunos casos no armonizaban demasiado bien... pero que proporcionaban un toque, cuando menos, divertido.

José Miguel Gervásio, “História das duas Luas de Venezia” (2014)
La zona arqueológica, dispuesta en la planta baja, no es demasiado luminosa; la instalación actual pide a gritos algunos focos de refuerzo. Por lo demás, aunque no hay exceso de información, las cartelas cumplen su cometido..
Desde mis ya muy reiteradas preocupaciones personales destacan varias piezas. De época islámica enseñan dos capiteles procedentes de Beja, adjudicados al siglo XI, otro de Montemor-o-Novo, asimismo catalogado en el siglo XI.

Capitel procedente de Beja
Capitel del Museo Arqueológico de la Alhambra
Los dos procedentes de Beja repiten fórmula conocida en capiteles derivados de los prototipos califales más comunes; desde lo que conozco, existen dos —al menos— en el hosco Museo Arqueológico de la Alhambra, con similares criterios ornamentales; uno con dos coronas de hojas y otro con sólo una muy alargada y tema animado en el equino. Estos capiteles se suelen clasificar en el siglo XI, pero el hecho de que hayan aparecido piezas de concepciones tan similar en lugares tan apartados abre la posibilidad muy probable de que no fueran realizados ni en Granada ni en Évora; más probablemente, todos ellos pudieron ser conseguidos de las ruinas de las ciudades palatinas cordobesas. Así, pues, creo más probable que los capiteles de Évora y los de Granada fueran realizados durante la segunda mitad del siglo X para alguna dependencia palatina de la capital del califato.
El tercer capitel islámico es más sencillo de evaluar porque sigue fórmula muy común entre los califales de la segunda mitad del siglo X, caracterizados por un tipo de ataurique en el que domina la superficie "excavada" sobre la resaltada; existen paralelos prácticamente idénticos en todas las colecciones arqueológicas con muchos capiteles de esta época (Córdoba, Sevilla, Madrid, etc.). También debió ser realizado para algún edificio de los palacios califales.

Capitel procedente de Montemor-o-Novo
Asimismo permiten ver varios capiteles considerados de época visigoda. El primero (ME 1726) está  bastante erosionado, es de tipología corintizante (liriforme), algo sumario en su concepción general, pero poco alejado de los paradigmas romanos. Se le puede relacionar con el 557 de Ostia, que Penasbene situaba hacia el año 100. Este de Évora podría situarse algo después de la realización del templo que la tradición popular adjudica a Diana.

Capitel ME1726
Capitel ME1728
El segundo, el ME1728 sigue la misma tradición tipológica, aunque su talla es más sumaria; no obstante, la existencia de la misma concepción estructural —el labio del kálatos está muy pronunciado— debería ponernos en guardia ante la posibilidad de que sea una copia sincrónica realizada mediante recursos técnicos y (o) humanos deficientes. Es de especial interés la tendencia barroqizante que se aprecia en la parte superior del cesto, que nos hace pensar en ejemplos de mayor virtuosismo aparecidos en la península Ibérica y que se suelen fechar en el siglo II. La configuración del ábaco es perfectamente romana. En suma, no creo que su realización se alejara mucho del siglo II.

ME1730
Más complicada es la catalogación del ME1730, de cualidades alejadas de los prototipos romanos más frecuentes: ofrece una corona de hojas de nervaduras verticales y paralelas, otras cuatro angulares de concepción sumaria, sin kálatos, pero con ábaco de cierta articulación. Existen varios capiteles en la península Ibérica que podríamos relacionar con éste de Évora; entre ellos uno reutilizado en Can Cebrián de Mazote de diseño comparable pero con collarino liso. Me reitero en lo ya expuesto entonces sobre este tipo de piezas: es difícil elegir una fecha concreta entre los siglos IV y VII para situar su realización, aunque el cuerpo me pide apostar por los alrededores del siglo IV.
También hay en el museo dos capiteles de pilastra de orden compuesto y muy erocionado, que estaban en una exposición cerrada al público, pero que fue posible fotografiar desde otra sala. Están fechados entre los siglos II y III; aunque están muy erosionado, la concepción de las hojas, del equino e, incluso, del frente del ábaco, de nuevo apuntan hacia el siglo II (Pensabene 390-92).



Como de costumbre, prácticamente nadie nos acompañó durante la visita. Los turistas preferían curiosear en las tiendas concebidas para ellos, donde ofrecen todo lo que se puede hacer con corcho, o hacerse fotos junto a los restos del templo romano.

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