lunes, 1 de febrero de 2016

La juventud, según Sorrentino

Algún crítico de voluntad perversa la ha entendido como “los descartes” de La grande Belleza y, en cierto modo, la figura retórica tiene sentido, porque es una película desarrollada en propuestas argumentales semejantes. No haré spoiler si digo que sigue con asuntos afines: trata sobre “el hombre maduro creativo” —en realidad, son dos hombres maduros— enfrentado al horizonte de muerte, aludido mediante una alusión fisiológica prosaica... Dos amigos, que se conocen “desde siempre”, habitan en un hotel alpino con aspecto de balneario en Wiesen (Suiza), cuyo aspecto no recuerda en absoluto el de The Shining. Frente al ambiente de via Veneto (Fellini), trasladado al Palatino, en La grande belleza, Sorrentino nos conduce ahora a un lugar ocupado por personas de clase acomodada, que nos hace pensar en el balneario de Otto e mezzo... Sin embargo, algunas circunstancias del relato también nos obligan a abrir la posibilidad de que, de algún modo, esté aludiendo al sanatorio Berghof, de La montaña mágica de Thomas Mann.


Sorrentino deja en el vestuario al escritor poco prolífico para enfrentarnos con dos personajes de, en apariencia, reconocido prestigio: uno de ellos es compositor y director de orquesta;  el otro, cineasta, que no sé si podría proyectarse hacia la propia personalidad de Sorrentino dado que éste nació en 1970 y que, por consiguiente, está en plana madurez. Es probable que aluda a algún cineasta de su proximidad, desbordado por el poder creciente de la televisión... ¿Tal vez a Francesco Rosi?
Junto con los personajes principales desfilan otros de protagonismo relativamente secundario, pero siempre relacionados con las preocupaciones transmitidas por Sorrentino en la película anterior y que, de nuevo, nos hacen pensar en el Fellini menos acibarado. Reaparece el elemento religioso, como leit motiv, de substancia variable en las diferentes secuencias. Es obvio en el caso del monje budista, que hace pensar en situaciones comparables de su película anterior, y menos claro en el "Maradona" mitificado y decrépito, que le sirve, en paralelo a lo sucedido en La Grande Belleza con la mención explícita y velada a Marina Abramovic, para hacer otro guiño crítico y burlón al marxismo, en este caso, mediante un tatuaje monumental.
Reaparecen los tipos fellinianos entre otros más convencionales, como el actor de cine popularizado por un “papel” en el que no se le veía interpretar, una "miss” que, con su cuerpo, recordará ciertos elementos substanciales de La grande belleza, y, muy especialmente, la hija del músico, interpretada por Rachel Weisz.


La fotografía, firmada por  Luca Bigazzi, que también trabajó en la anterior y en Un lugar donde quedarse, es a mi juicio, de excepcional calidad: una de las mejores de cuantas películas he visto recientemente; y ello contando, incluso, con que tengo la sensación de que se ha pretendido utilizar el movimiento de la cámara para substanciar el ritmo con no demasiado éxito.
El guión es coherente, contando incluso con las digresiones propias de quien acaso debiera entender la conveniencia de contar con guionistas especializados en esa importante parcela de la realización cinematográfica. El día que Paolo Sorrentino decida trabajar a partir de un buen relato y con un “guionista acreditado”, puede suceder cualquier cosa, porque no descubriré el Mediterráneo si digo que este tipo tiene talento, incluso aunque presuma de una actitud “populista” que le viene, a mi juicio, demasiado estrecha. En la película se presenta al director de cine trabajando con un equipo de colaboradores, mediante un sistema de trabajo que no sé si es el más adecuado para construir un guión “redondo”, aunque sea fórmula consagrada por el uso y seguramente por la manera de entender la generación de ideas del director napolitano.
Sin descubrir aspectos fundamentales de "la historia", puedo decir que Sorrentino insiste en enfatizar la genialidad creativa de los niños, no sé si como Ken Robinson o como una especia de Sam Peckinpah edulcorado y reorientado hacia la esencialidad freudiana reformulada de acuerdo con el pensamiento conservador actual, especialmente sensible a todo lo relacionado con el sexo, ese factor que ofrece tantas relaciones con la creación estética. El sexo es un recurso fundamental en las relaciones de pareja pero también para substancias el juego social de roles y, por supuesto, para el equilibrio personal, materializado en esta película en la vertiente onírica, que pudiera parecer forzada a quienes no estén familiarizados con las ideas de Freud, pero que a mí me ha parecido oportuna. La secuencia (onírica) de la plaza de San Marcos inundada y su vinculación con la de la piscina del hotel suizo ("real") define uno de los "momentos narrativos" más interesantes de la película para concretar una "idea cinematográfica" que proporciona continuidad a las secuencias de Fellini (La dolce vita) en San Pedro y, muy especialmente, en la "La fontana de Trevi". Y otro tanto se puede decir con el sueño erótico-religioso de la hija y su vinculación con la relación con el alpinista...
En otro orden de cosas y sin alejarme de la voluntad de no desvelar aspectos substanciales de "la historia", algunos momentos de la película me han recordado planteamientos próximos a ciertas trivializaciones del Land art... 

Los actores, encabezados por un inagotable Michael Caine y un incombustible Harvey Keitel, cumplen perfectamente las respectivas funciones; hasta Roly Serrano ofrece un Maradona hiperbólico pero verosímil, de connotaciones tan diversas como las permitidas por la imagen cuando se “juega” a no dejar las cosas claras. Acaso Jane Jonda quede oscurecida, tal vez, por un papel poco airoso.


"ORSINO: Si la música es el alimento del amor, tocad siempre, saciadme de ella, para que mi apetito, sufriendo un empacho, pueda enfermar, y así morir. ¡Repetid ese trozo! Tiene una lánguida cadencia. ¡Oh! Vibra en mis oídos como el suave susurro que sopla sobre un bancal de violetas, arrebatando y, a la vez, dando perfume. ¡Basta! No más. Eso no es ya tan melodioso como lo de antes. ¡Oh espíritu del amor! ¡Qué vivacidad y qué frescor hay en ti! Tu capacidad, no obstante, es inmensa como el océano, donde nada cae, sea cual fuere su valor y su talla, sin que entre en disminución y pierda precio en un minuto. Tan fecunda en formas cambiantes es la fantasía, no más que elevación imaginaria."
William Shakespeare, Twelfh Night (or Whaat you will), ha. 1600

Sorrentino hace suyo el juicio de Shakespeare, puesto en boca de Orsino, y como en la anterior, otorga una relevancia muy excepcional a ese componente del discurso cinematográfico. En este caso ese aspecto aparece firmado por David Lang, de quien se emplearon algunas obras de especial significación en La grande belleza. También recurre a composiciones populares pero sobre ellas destacan otras de Stravinsky y las del propio David Lange, especialmente adecuado al ritmo narrativo de la película. A mi juicio, La juventud contiene una  magnífica banda sonora.

La película está dedicada a Francesco Rosi, muerto el 10 de enero de 2015, con quien le unía el lugar de nacimiento (Nápoles) y tal vez algunas circunstancias difíciles de valorar desde mis limitaciones...


Para finalizar

La juventud no es una película dirigida  al consumidor de palomitas, pero frente a quienes dicen que es muy inferior a la precedente, debo manifestarme en sentido contrario: a mí me parece que está mejor hilada que la anterior, aunque reconozco que seguramente para “comprenderla” acaso sea importante tener cierta edad… Y ello a pesar de que me siguen incomodando sus propuestas por recuperar una espiritualidad, matizada como en La grande belleza, mediante alusiones explícitas a Stravinsky y a Novalis, y en acotaciones cuasi-veladas al Reiki. Supongo que en ello se encierra la voluntad de sintonizar con ciertos sectores populares de nuestros días, especialmente preocupados por integrar en las sociedades desarrolladas valores espirituales de especial utilidad para las necesidades de las personas en el actual marco socioeconómico y político.
A la hora de emitir un juicio de síntesis, me siento atrapado en el dilema delimitado entre la memoria de Tarkovsky y sus valoraciones de "lo espiritual" y "lo femenino" (Nostalghia) y las concepciones de Fellini, inclinado hacia una "teosofía" de raíz cristiana sin futuro (La dolce vita) y hacia lo que representa la diosa Gea. Sorrentino parece ofrecer una solución de compromiso entre ambas corrientes y no sé si es buena idea.
En todo caso, desde esa "elementalidad", construir la "historia" sobre la vida de un compositor, casi nos obliga a entrar en el juego de simetrías afrontado por Thomas Mann en Muerte en Venecia y La montaña mágica, sin olvidar el juego enrevesado y malicioso de Visconti; ello nos obliga a forzar un "revisonado" de las películas de Sorrentino y, muy especialmente, de las dos últimas, a la búsqueda de las claves simbólicas que pudieran encerrarse en sus secuencias y, por supuesto, en las frases sentenciosas de gran sonoridad empleadas en ellas. Recuerde el lector la pregunta infantil de Jep Gambardella sobre "lo que más les gustaba a los niños de la vida". Con La juventud se amplia considerablemente el repertorio de perlas para matizar con mayor nivel filosófico los aromas prosaicos del "origen del mundo":

"los intelectuales no tienen gusto"
"La libertad es una perversión"
"Las emociones están sobrevaloradas"
"Las emociones son todo lo que poseemos" 

Y otras por el estilo, que podrían servir para construir una nueva edición del Tao The King (Dào Dé Jing), versión napolitana o de un Camino secularizado y picantón...
En suma, aunque el fondo argumental esté en las antípodas de mis ideas, se trata de una película muy interesante, tanto si nos alineamos con sus preocupaciones como si las interpretamos como fruto de cierta ingenuidad o de una simple operación de marketing.

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