sábado, 5 de noviembre de 2016

Clara Peeters y otras cosas en el Museo del Prado

Según la web del museo:

"Tras su exhibición en Amberes, el Museo del Prado recibe en su sede una muestra dedicada a Clara Peeters, pintora flamenca perteneciente a la primera generación de artistas europeos especializados en naturalezas muertas y una de las escasas mujeres que pudo dedicarse profesionalmente a la pintura en Europa en la Edad Moderna.
La presencia de este grupo de quince obras relevantes de Clara Peeters en el Prado quiere destacar los logros de esta dotada y delicada artista, de la que se conocen apenas cuarenta obras de su mano.
Tanto la exposición como el catálogo que la acompaña suponen el estudio más actualizado hasta la fecha sobre su vida y su obra situando a Clara Peeters en el contexto cultural y artístico de Amberes y poniendo también el foco de atención en la situación de las mujeres artistas a principios de la Europa Moderna, cuando los prejuicios generalizados les cerraban muchos caminos."

La exposición, alarde de veneración a la verosimilitud pictórica, en contexto de camerino mágico y con montaje de fuertes connotaciones escenográficas, acaso ayude a que los diletantes se aproximen a un tipo de pintura común durante el siglo XVII. Obviamente, por encima de su presunto carácter innovador, lo que singulariza a las pinturas es el hecho de que fueran realizadas por una de las pocas pintoras de aquellos no tan lejanos tiempos. Y obviamente también, esa circunstancia hace que la exposición adquiera cierta relevancia, en un momento tan "sensible" a los asuntos relacionados con la condición femenina.
Sin embargo, puestos a elegir entre contemplar trozos de pan, peces, olivas, cuchillos y demás objetos del repertorio de los bodegones y naturalezas muertas, o degustar pinturas edulcoradas de Renoir, no hay color, ni tan siquiera aunque ello dispare el colesterol y, por supuesto, el azúcar en sangre. Durante algún tiempo las acumulaciones de aficionados a los asuntos estéticos cambiarán de acera...
Para una aproximación preliminar a Clara Peeters, puede servir el vídeo realizado por el propio museo:


Por lo demás...
En la sala donde suelen monstrar presentaciones temporales de obras del siglo XIX, ofrecen unas cuantas pinturas de calidad irregular bajo el título de "La infancia descubierta. Retratos de niños en el Romanticismo español". Sin ánimo de enmendar la plana a nadie, me atrevería a decir que el "descubrimiento" de las posibilidades "emotivas" e, incluso, "intuitivas" de los rasgos infantiles, han de buscarse mucho antes; desde luego, el siglo XVII está lleno re retratos de niños, por no hablar de cierto motivo iconográfico habitual en la pintura religiosa a partir del Gótico...
Aún tiene menos interés la sala que en el "piso principal" está dedica a "Inmaculadas. Donación Plácido Arango Arias". No sé si tan siquiera sabrá apreciarla quien tenga un interés desmedido por la iconografía de "las inmaculadas" o un odio visceral a Zurbarán, representado por una de las pinturas más desafortunadas de su periplo profesional,

Lo más interesante estaba, como de costumbre, en las "peculiaridades" de gestión de este museo sin igual. En esta ocasión, esas peculiaridades le costaron un improperio, tal vez justo, a la persona que iba delante, un anciano desaliñado, ajeno a que, mediante las cintas que acotan el movimiento de los visitantes, habían acotado una entrada exclusiva para los "amigos del Museo del Prado". El hombre, que acaso no viera bien, ignoró las indicaciones (redactadas en castellano) y se atrevió a entrar por el pasillo exclusivo. Llegado junto a la persona que, con un escáner, controlaba las entradas, ésta, una joven de rasgos agradables pero de actitud autoritaria, le indicó con gestos enérgicos que retrocediera sobre sus pasos y entrara por el pasillo para la plebe. El anciano, que debía estar familiarizado con el funcionamiento de las cintas retráctiles, con rapidez impropia de sus menguadas posibilidades físicas, tiró de la que le separaba del pasillo indicado y, mediante un paso lateral casi en cuclillas, atravesó la línea hasta situarse en el lugar "correcto", unos pasos por delante de quien contemplaba la situación perplejo pero divertido. La empleada, sorprendida, en primera instancia no reaccionó, escaneó la entrada y se hizo a un lado... Pero seguramente aleccionada para imponer orden ante cualquier desmán ovino, cuando el anciano ya había entrado, reaccionó con la seguridad de quien sabe que está cumpliendo con rigor de cabo furriel las instrucciones recibidas:

—Es usted un mal educado.

El anciano se volvió con gesto inexpresivo y tras unos segundos de vacilación,  como si valorara la posibilidad de responder, se tocó la visera del gorro y continuó su camino...
Acotación aclaratoria. En honor a "la verdad" debo hacer constar que en ese momento, a muchos días de distancia de las apreturas de El Bosco, no había acumulación de japoneses ni de escolares; en suma y sin alardes retóricos vacuos, la zona de entrada estaba prácticamente vacía, tanto en el pasillo de visitantes comunes como en el de los VIP's.
Acotación sugerente. Alguien debiera aleccionar a los empleados de modo menos hostil y hacerles notar la conveniencia de tratar a las personas con una actitud más "comprensiva" y no como si fuesen ganado, aunque ello quebrante mínimamente las pretensiones peseteras derivadas del objetivo de autofinanciación... Una vez más recuerdo aquella vieja definición del ICOM: "un museo es una institución permanente, sin fines de lucro, al servicio de la sociedad... "  y siento pena.

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