miércoles, 3 de abril de 2013

Sobre los límites de la arquitectura. El ¿edificio-nube? (Blur Building) de Elizabeth Diller y Ricardo Scofidio

Carmen me envía la referencia del Blur Building, que fue diseñado por Elizabeth Diller y Ricardo Scofidio para la Expo 2002 de Suiza. El proyecto estaba concebido para el Lago de Neuchatel (Yverdon-les-Bains) y permitía que lo visitaran simultáneamente 400 personas, en un ambiente visual "desenfocado", conseguido mediante treinta mil pulverizadores que proyectan el líquido del lago hasta componer un "edificio de agua", una nube artificial comparable a las que nos sobrecogen en un día "complicado" de excursión a la alta montaña. Por supuesto, aquí no existía posibilidad de perderse porque el "edificio" era una plataforma de 80.000 metros cuadrados, perfectamente balizada.



Seguramente, el objetivo prioritario de su concepción fuera proporcionar a la Expo una "atracción especial", pero desde lo que permite un análisis externo —sin contar con la experiencia proporcionada por la relación directa— la obra  también parece concebida para proporcionar al visitante una experiencia estética singular, a tono con ciertos valores posmodernos y, desde luego, con las corrientes fenomenológica más "clásicas". Sea como fuere, el ingenio ofrece una situación determinada —sí, quiero decir "determinada"— por lo que en literatura perceptiva llaman "estímulo homogéneo" o, con mayor precisión, "situación de estimulación homogénea"; algo parecido a lo que experimentaríamos ante una niebla muy densa, ante la obscuridad absoluta o ante cualquier ambiente afín, con las connotaciones emotivas específicas de cada caso y cada cual, por lo general, inquietantes. Parece obvio que nuestro sistema perceptivo funciona anticipándose a cualquier peligro y dichas situaciones, por cuanto impiden el reconocimiento de lo circundante, no son lo más adecuado para experimentar confort o tranquilidad y, desde luego, placer.Pero sí "interés" y éste puede desencadenar otras "sensaciones" (?) más o menos afines: atracción, fascinación... embrujo, en todo caso promovidas por los mecanismos automáticos (¿intuitivos?) que subyacen en el proceso perceptivo.
En ese sentido y en el caso concreto del proyecto de Elizabeth Diller y Ricardo Scofidio, tal y como han enfatizado quienes lo comentaron, brota una situación arquitectónica paradójica, por cuanto en esta expresión estética, "lo normal" es que la obra, la edificación, "funcione" del modo contrario, es decir, como un regulador positivo de la relación entre el hombre y la naturaleza. Construimos para evitar la incomodidad que supone protegernos de las inclemencias del tiempo, por lo que ellas tienen de molestia, entre otras circunstancias, por ofrecernos un marco de "existencia" que nos facilite las circunstancias vitales. Y ello presupone condiciones que faciliten e, incluso, potencien la "capacidad sensorial". Desde el confort de una casa bien protegida dispuesta sobre un acantilado podemos estremecernos de placer contemplando la espectacular brutalidad de la Naturaleza. Desde estas obviedades, fluye una opción positiva anexa a las posibilidades experimentales arquitectónicas asociadas a la tradición del Sturm und Drang, esa corriente tan activa en la estética centro-europea a partir del siglo XVIII y que podemos rastrear en ciertas líneas actuales teñidas de integración ambiental... y posmodernidad: ¿Se pueden diseñar edificios que nos pongan en contacto directo con la naturaleza?
El mejor edificio concebido con esa finalidad es el inexistente y la mejor forma de experimentar lo que es una tormenta es pasear de noche bajo ella por un altozano, cuando los rayos, la lluvia y el viento nos envuelve con su capacidad expresiva. La experiencia es sobrecogedora, pero es recomendable llevar dodotis de repuesto. 

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