martes, 19 de noviembre de 2013

Entre la espada y la pared

Por Erc

Entre la espada y la pared, así se encuentran hoy en día los jóvenes creadores (o los no tan jóvenes). Continuamente vemos aquí y allá cómo los artistas se están convirtiendo en el eslabón del arte con menor poder de decisión, perdiendo su capital simbólico en favor de los “mandamases” del circuito artístico, tales como mecenas, empresarios, galeristas, críticos, etc.
Los más jóvenes se enfrentan a una dicotomía eficazmente plasmada por Ignacio Vidal-Folch en su breve novela “La cabeza de plástico”, la cual es toda una fábula sobre el mundo del arte, a la par que una lectura muy recomendable. No podría expresarlo mejor que él cuando describe de esta forma al personajillo que se presenta ante el director de un gran  museo para suplicarle le conceda una exposición: “De Reuyten representaba el prototipo del artista atrapado entre los deseos de ser genial e incomprendido, de indignarse y rebelarse contra la familia y la sociedad (un imperativo categórico inducido y aprendido en las aulas de Bellas Artes) y los generosos subsidios y prolongadas becas de las fundaciones y el Ministerio de Cultura a su propio desarrollo como creador”. Puede que la situación no sea la misma que hace diez años, pero estas problemáticas y contradicciones se mantienen igualmente, aunque ya no pueda hablarse exactamente de “generosos subsidios”, y menos en España, cuando las ayudas a la creación y las becas por parte del Estado no hacen más que menguar.


Sin embargo, aún así siempre me ha parecido muy curiosa esta relación de amor-odio entre el artista y su círculo. Y es que, de algún modo, éste “desprecia” y necesita a la vez a todos esos personajes del mundo del arte que tienen mayor influencia social que él y que compran, colocan y dicen de su obra lo que quieren y cómo quieren. Puede ponerse en duda el valor de los críticos, sí, ¿pero qué artista no pregunta tras la inauguración de una nueva exposición propia si se ha escrito algo sobre ella en la prensa? Y es que la crítica quizá no tenga gran influencia en el mercado, pero sí sobre la conciencia social. Se puede también dudar del renombre que llegan a adquirir ciertos comisarios,  pero teniendo en cuenta que la concepción de museo parece haber variado desde la idea de archivo a la de evento (como sostiene Boris Groys), ¿no serán estos como se comentan últimamente los nuevos y  verdaderos creadores?
El artista ve como el sector de lo privado se entromete cada vez más en lo público, y cómo desde el Estado la ayuda financiera es cada vez menor, de modo que no le queda más remedio que mirar a la empresa con la misma dosis de recelo que de simpatía. Y es que desde organizaciones privadas sí que se siguen manteniendo importantes concursos y becas, aunque también se hayan visto afectadas por la crisis.
Como el hombre parece que lleva en sí mismo una innata necesidad de trascendencia, los artistas por los general se sienten empujados a someterse a la tiranía del mercado del arte y de quienes lo señorean, convirtiéndose a veces incluso en meros títeres en las manos del poder. Y lo peor, siendo muy conscientes de la manipulación a la que pueden verse sometidos, pues como le decía un personaje al director protagonista de “La cabeza de plástico”, con referencia a ciertos sectores del público: “A esos infelices los puedes llevar a emocionarse y a disfrutar en los museos como a ti te dé la gana, de igual forma que otros los llevan a misa o  a los estadios de fútbol con entusiasmo tan genuino, y tan inducido, como esos aficionados al arte de que me hablas”.
Ante la duda de dónde posicionarse siempre hay quien se disfraza de caballo de Troya y desde dentro del mismo circuito institucionalizado se permite el lujo de dedicar gran parte de su obra a arremeter contra él. Un ejemplo curioso es el de  Matías Sánchez (1972), artista sevillano de considerable proyección internacional calificado como un pintor irreverente, y hasta algo “canalla”. Cuanto menos, guste o no, al acercarnos a su trabajo vemos que sin duda es todo un ejercicio de ironía. Son las suyas unas obras que desde su apariencia inocente o infantil se ríen  de la seriedad del arte, de su esfera mercantil, de sus protagonistas y de él mismo. Eso sí, se ha dicho de él que es un artista alejado de los protocolos, los concursos o las becas y que pinta con perseverancia sin buscar el éxito. Pero no se moverá tan fuera del circuito si su obra está presente en galerías y ferias nacionales e internacionales de reconocido prestigio, en lugares tan diversos como  Chicago, Los Ángeles, Berlín, Munich, Colonia, Bruselas o Toronto. Le preguntaban en un entrevista que cuánta mentira veía él en los museo de arte contemporáneo, a lo que respondía: “En el mundo del arte, ahora mismo y hasta que se demuestre lo contrario, todo es mentira. La historia es la que dice lo que fue verdad o no”.
Vamos, que entre que nos aclaramos distinguiendo qué es o no mentira, y ya que la historia se hizo con batallas, habrá que seguir luchando. Cada cual busque los aliados que prefiera y coloque en el otro bando a los enemigos pertinentes. Mientras tanto, como dice Matías Sánchez, esperemos “que un pincel pueda ser un arma con la que matar a los villanos”.

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