lunes, 5 de noviembre de 2012

El traje nuevo del emperador


Por Luis Manuel Gómez

Érase una vez, un gran Emperador cuya mayor afición eran los trajes nuevos y vistosos, y a ella dedicaba la mayoría de sus rentas. Tanto, que pasaba más horas en el vestuario que con sus ministros.
Enterose un día el Emperador de la llegada de dos sastres extranjeros a la capital. Aseguraban ser capaces de tejer las más maravillosas y magníficas telas, que se veían invisibles a ojos de los necios. Entonces, decidió contratar a estos sastres para que le confeccionaran un maravilloso traje nuevo con dichas telas, y además poder así distinguir de entre los miembros de su corte los estúpidos de los inteligentes. Una vez instalados en palacio a todo lujo, los sastres comenzaron su labor en el más estricto secreto.
El Emperador envío a su Primer Ministro a inspeccionar las labores, y éste, pese a no ver nada en el telar comentó primero con los sastres las virtudes estéticas de las telas, opinión que compartió después con el Emperador. No obstante, decidió que otro de sus funcionarios se diera una vuelta por la habitación . Éste, que tampoco vió ninguna tela allí, le habló al Emperador de lo maravilloso que ahí se estaba creando, una tela tan bella como ninguna otra. Decidido, el Emperador acudió el mismo a contemplar la tela con la que todo el mundo había quedado fascinado. Sin embargo, tampoco él veía nada en aquel telar, pero ante el temor de mostrarse como un necio inepto para su cargo, se dedicó a alabar la obra maestra allí creada, condecoró a los sastres y aceptó realizarse un traje con ella, traje que estrenaría ante sus súbditos en una celebración cercana.
Pasados los días, el traje por fin estaba listo. El Emperador se desvistió en su vestuario y mientras los sastres le comentaban las excelsas cualidades de su traje nuevo, se vestía ante la mirada de su séquito que asentía a los comentarios. Una vez vestido y los sastres emprendiendo la marcha de la ciudad, se dirigió al balcón de su palacio donde aguardaba la multitud, y saludó con su nuevo traje. Aunque nadie era capaz de verlo, ninguno de los anteriores había tenido tanto éxito de crítica entre el pueblo, y los comentarios se dirigían a ensalzar la suma belleza de las prendas.

El cuento de Hans Christian Andersen termina con el grito de un niño que clamaba la desnudez del Emperador. El pueblo se dio cuenta también, y abuchearon al Emperador, que se retiró como sí siguiera vistiendo el traje sin reconocer el timo. ¿No se advierte cierta similitud?

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