jueves, 7 de febrero de 2013

El joven Van Dyck

Van Dyck es uno de los pintores que, a mi juicio, tienen mayor capacidad de sugerencia, por muchas razones. La primera: es uno de mis retratistas favoritos; supongo que en ello soy poco original. Pero lo que más me fascina es ponerlo junto a Velázquez para comprobar cómo las pinturas de ambos definen universos próximos y alejados simultáneamente, como corresponde a dos personalidades distintas y a su vinculación con entidades culturales muy diferentes. Y me imagino lo que hubiera sido de Velázquez si se le hubiera ocurrido acompañar a Carlos I cuando regresó a Inglaterra tras sus infructuosas negociaciones matrimoniales. Naturalmente, la reflexión  recupera el muy añejo problema planteado por H. Taine al definir los procesos creativos en función del medio ambiente, la raza (hoy diríamos sin mucha precisión el legado sociocultural)  y el momento histórico. Como no es posible conocer lo que no sucedió, la hipótesis del desplazamiento de Velázquez a Londres deviene majadería… ¿Qué sentido tiene imaginar cómo habría evolucionado Velázquez en el ambiente inglés? Pero es divertido jugar con la imaginación...


El carácter de la pintura de Van Dyck y, en especial, la ofrecida en la exposición del Museo del Prado, tiene mucho que ver con su entorno de formación o, mejor, de la culminación de su formación en el taller de Rubens. Y quizás desde esa circunstancia se entienda mejor la diferencia entre él y Velázquez. Pacheco y Rubens determinan circunstancias tan distintas como el día y la noche, como las que aún hoy ofrecerían sendos talleres asentados en Sevilla y Amberes. Provincianismo de nuevos ricos frente a cosmopolitismo reformista. El ennoblecimiento temprano de Rubens, respaldado por su reconocimiento universitario en Cambridge, ilustra diferencias que van más allá de lo puramente institucional y que se dejará notar en la trayectoria de Velázquez, quien durante muchos años tuvo menos categoría protocolaria que los bufones.
La exposición del Museo del Prado nos invita a conocer los años de formación y cómo fue capaz de asimilar las fórmulas de Rubens hasta que estuvo en condiciones de dar un paso más, el que substancia la diferencia entre ambos. Y para materializar ese momento, en la exposición podemos contemplar el retrato de Isabel Brandt, la esposa de Rubens, que seguramente determina un punto de inflexión irreversible.
Para estar varias horas en el museo...

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