sábado, 18 de enero de 2014

El aula de interpretación del Teatro Romano de Málaga

El teatro romano de Málaga —obra de tiempos de Augusto— permaneció enterrado cerca de la alcazaba hasta mediados del siglo XX, cuando reapareció al realizar las obras del Palacio de Archivos, Bibliotecas y Museos, hacia 1951. y se tomó una decisión repetida mil veces en otros muchos lugares:  seguir adelante con el proyecto que, desde ese mismo momento, se transformaba en paradoja absurda: el Palacio de Archivos, Bibliotecas y Museos que, supuestamente, albergaría a quienes deberían velar  por la conservación del patrimonio histórico-artístico, se levantaría sobre importantes restos arqueológicos devastados. El proyecto fue de Luis Moya Blanco, arquitecto relevante de aquellos tiempos (¿"maestro" de Fisac?), que diseñó importantes edificios entre los que destacan Las Universidades Laborales de Zamora (1952) y Gijón (1956), y el Museo de América (1954. con Martínez-Feduchi).
Según cuentan, las ruinas del teatro aparecieron al explanar el terreno para realizar el ajardinamiento lateral que relacionaba la trama urbana con los accesos a la Alcazaba; pero ese relato no es creíble porque, según los testimonios fotográficos, una parte del edificio debió cimentarse sobre ellas... Me consta que en aquellos no tan lejanos tiempos, los procesos constructivos no se detenían fácilmente, por varias razones; en primer lugar, porque las direcciones facultativas —presionadas por los gestores administrativos— procuraban no dar opciones a las constructoras para incrementar sus beneficios mediante presupuestos adicionales; y porque la aparición de restos arqueológicos suponía la dilatación de los plazos de ejecución y ello trastocaba los programas de inauguraciones, para la bulimia del NODO, "informativo" comparable a los que hoy emite Tele Madrid.

Foto tomada de la documentación de la Junta de Andalucía
El proceso se explica de modo sucinto y sumamente "curioso" en un panel del actual aula de interpretación:

“El teatro reapareció en 1951 al derribar una barriada de casas humildes para levantar allí el Palacio de Archivos, Bibliotecas y Museos proyectado por el régimen franquista. Recuperado como escena, sobre todo con los festivales grecolatinos, el público reivindicó el derribo de aquel edificio simbólico de la autarquía y la rehabilitación del teatro como emblema de la ciudad democrática.”

En 2010 fue inaugurada la nueva instalación asociada a la rehabilitación del Teatro Romano. El edificio, diseñado por el arquitecto Antonio Tejedor, es un prisma cuadrangular "flotante", de acero, madera y cristal, "forrado" con fragmentos de la Lex Flavia Malacitana, que supuso reconocimiento oficial explícito de romanización. Ocupa parte del solar de la Casa de la Cultura, puesto que así denominaban popularmente al palacio franquista. 


Según la página del propio estudio

"La valorización e interpretación del Teatro Romano de Málaga se realiza en el Centro de Recepción de Visitantes que atiende dos necesidades fundamentales del monumento: presentar los restos arqueológicos restaurados del teatro en el seno de un discurso interpretativo asequible al público no especializado y disponer de un espacio de apoyo para las labores arqueológicas. Arquitectura de mediación. 
La pieza exenta, leve y abstracta, ocupa una posición lateral que no interfiere en la visión de ninguna parte del Teatro a la vez que matiza la relación de éste con las edificaciones de mayor volumen de calle Alcazabilla, en especial con el cine Albéniz. El Centro de Visitantes se configura también como puerta de acceso al recinto, como reclamo y punto de atracción para el visitante, que puede organizar su itinerario a partir de este punto. La apariencia de levedad y autonomía de la caja que parece sobrevolar el nivel arqueológico se refuerza con el uso del vidrio estampado con la Lex Flavia Malacitana y de la madera que le proporcionan una cierta imagen de provisionalidad."

Suscribo casi todo excepto que pueda "funcionar" "como reclamo y punto de atracción". Efectivamente, no interfiere la visión del conjunto arqueológico; pasa prácticamente desapercibido (me parece su mejor cualidad), cumple de transición entre la medianería del edificio anexo y el teatro y parece un pabellón provisional, de esos que, en tiempos franquistas, se colocaban para ritualizar la inauguración de algún complejo industrial y explicar al Jefe del Estado o a su representante, el funcionamiento del tinglado mediante paneles explicativos y una maqueta de factura primorosa. Y lo más importante: ocupa el lugar de aquel otro edificio franquista.
En su interior y mediante un diseño expositivo espectacular, se muestran varias piezas romanas, entre las que destacan dos representaciones de máscaras teatrales y un capitel jónico, este último muy tosco y "arcaizante", pudiera ser del siglo I (¿época de Augusto?) o, incluso, anterior. 





La instalación se completa con un montaje "pedagógico" espectacular, desarrollado en varios paneles. vitrinas y una mesa táctil que, con dificultades, activa un complejo programa de información sobre la cultura romana y sobre el teatro.


La funcionalidad del montaje se puede deducir de uno de los paneles compuesto según un diseño de "pixeles" que definen una retícula de Hering y que no facilita, precisamente, su contemplación debido a los fenómenos de inestabilidad visual que engendran estas retículas. Es vistoso, espectacular, todo un alarde de elegante diseño posmoderno... pero no cumple adecuadamente la función pedagógico-didáctica.
Los visitantes, sumamente escasos, se detienen unos minutos, trastean en la mesa táctil con la ayuda del vigilante, que conoce "el truco" ("hay que tocar con dos dedos y mantenerlos un instante") para activar los menús desplegables, y salen hacia el teatro... sin molestarse demasiado en extraer información. Y es que, como recordara no hace mucho la directora de cierto museo, a la gente no le interesa aprender.
Lo mejor del aula: la amabilidad de los funcionarios y que es gratuito. Lo peor: los reflejos y el resto de los fenómenos visuales parásitos.

¿Para finalizar?

De nuevo me planteo hasta qué punto tiene sentido gastar dinero del contribuyente en "emblemas democráticos" con propuestas pedagógicas ultramodernas, que se harán obsoletas pronto y que, en sus contenidos, tendrían mayor sentido en Internet. ¿Es posible que sólo sean "casetas efímeras" que, como tramoyas absurdas, materialicen los ritos de inauguración y proporcionen substancia material a los nuevos magnates?
La intención de forzar que los malagueños acudan a verlo me parece tan ingenua que no me molestaré en rebatirla. Si deseamos trabajar para que los turistas se interesen aún más por Málaga, añadamos atractivos a los muchos que de por sí tiene esta maravillosa ciudad o divulguemos su patrimonio. Y como ya indiqué, no creo que este edificio, en su buscada naturaleza de "caseta efímera", tenga ninguna capacidad en ese sentido.
Probablemente, dentro de unos años, cuando cambie el actual sistema político, los nuevos magnates orden retirar el aula de interpretación para colocar en su lugar un nuevo emblema igual de provisional.

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