domingo, 18 de septiembre de 2016

Asuntos prosaicos

Es habitual que, cuando atendemos a una obra especialmente relevante en el discurso histórico, supongamos que todo lo que le rodea ha de ser excepcional, solemne, de complejidad inusitada. He oído explicaciones e hipótesis para todos los gustos: que eran "acciones" que prefiguraban los gestos de la abstracción norteamericana de los años centrales del siglo XX; que eran excrementos de pájaros que informaban sobre la preocupación de Munch por integrar lo más abyecto de la naturaleza en su obra, porque ello materializaba su esencia. Cierto profesor, al que profesionalmente estimé mucho y que ya no puede desmentirme porque cruzó la laguna Estigia hace tiempo, decía que seguramente eran restos de sus propias eyaculaciones...


Sin embargo, también lo artístico ha de someterse a la contingencia de lo prosaico y ese parece ser el caso de las manchas blancas que tiene "El grito". Según los medios, el equipo dirigido por Geert Van der Snickt, de la Universidad de Amberes, las manchas sólo son salpicaduras de cera producidas, probablemente, por la lámpara empleada por Munch para alumbrarse. No sé si el análisis realmente destruye las obras de arte, pero es obvio que aniquila el envoltorio de sublimidad que las rodea y, por supuesto, obliga a que muchos profesionales de las elucubraciones esotéricas, tan queridas entre la beatería estética, tengan que tragarse sus escritos.

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