domingo, 18 de septiembre de 2016

¿Ejecutivos psicópatas?

Hace unos día, The Telegraph publicaba el resultado de una investigación realizada entra la Bond University australiana y la de San Diego, según el cual más del 20 % de los altos ejecutivos norteamericanos manifestaban rasgos psicópatas; la tase es similar a la que proporcionan las instituciones carcelarias. Teniendo en cuenta que, según sus propios patrones referenciales esos rasgos sólo aparecen en el 1 % de la población, la tasa es, en apariencia y cuando menos, llamativa... si afrontamos el asunto desde la ingenuidad de quienes se atienen al estado actual de los conocimientos y, sobre todo, a la imagen que ciertos "medios" ofrecen sobre quienes alcanzan el éxito social.

Joseph L. Mankiewicz, Suddenly, Last Summer, 1958
Sin embargo, desde mi propia experiencia —muy significativa en estos asuntos—, el estudio de Nathan Brooks, psicólogo forense que lo realizó, me parece una chorrada descomunal y aún me atrevería a sugerir a sus ilustres colegas que lo revisen con lupa, porque, muy probablemente, no se atrevió a ofrecer los resultados "reales" de su investigación y prefirió "retocarlo" como se maquillan las estadísticas sobre la estupidez humana. Hubiera sido "terrible" que los altos ejecutivos fueran "más psicópatas" que quienes pagan por sus crímenes en el trullo, según la acepción hispana (no confundir con los "trulli" italianos).
Aunque duela decirlo, habitar en un universo social como el que hemos construido durante los últimos años, sacralizando la competitividad y la ambición, supone un reto más dramático que el de sobrevivir en la llanura del Serengueti: sólo los más más feroces, quienes tengan menores escrúpulos, los más antisociales, ocuparán los escalones más elevados de la pirámide social.
Y si alguien tiene la menor duda, eche un vistazo alrededor, porque, en su muy azarosa historia, España ya se ha convertido ‎en el lugar de sol negro definido por Tennesse Williams en Suddenly, Last Summer.

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