lunes, 3 de septiembre de 2012

El Museo del Príncipe Valiente


El Museo de los Claustros está en el extremo norte de Manhattan, en una zona verde limitada los parques Inwood Hill y Fort Tryon. Se puede visitar con la entrada (chapita) del Met y ofrece una concepción espacial más cercana a un castillo medieval de ensueño que a un complejo románico. Y sin embargo, contemplado desde el exterior ofrece un perfil comparable a los monasterios que acumulan diferentes fases constructivas, como San Pere de Roda.
Por el interior, más que un monasterio o un museo, el complejo arquitectónico, desarrollado en varias plantas, ofrece una articulación espacial aceptablemente resuelta que, sin embargo, para un europeo aficionado al arte medieval sobrepasa los límites de lo aceptable… asumiendo, incluso, que todas las obras allí reunidas llegaron cumpliendo los principios de legalidad que rigen o regían sobre la exportación de bienes de interés cultural.
Para un norteamericano, el museo puede ser una buena forma de acercarle un fenómeno cultural específicamente europeo. Y si vive en Nueva York, puede acercarse a él mediante la línea M4 de autobuses o tomando el metro: la Europa medieval a unos minutos...

Claustro de Cuxa

Un monasterio románico, el claustro de un monasterio románico, es, por su naturaleza esencial, una entidad inmueble, es decir, un edificio asociado indisolublemente al territorio sobre el que fue construido. Cuando “alguien” compra ese edificio o parte de él con la finalidad de trasportarlo a un lugar lejano (los traslados forzados como el de San Pedro de la Nave definen capítulo diverso) lo convierte en un objeto nuevo y diferente, desvinculado de su propia naturaleza, en una reliquia anacrónica sin otra utilidad que manifestar el poder del dinero; ese poder que se estrella ante los propios complejos: Rosebud.
Seguramente es tarde para reivindicar desde la Europa marginal que los restos encajados contra natura en el Museo de los Claustros o en el mismo Metropolitan regresen a sus emplazamientos originales, pero a quienes protagonizan la gestión cultural de los museos más relevantes e influyentes del mundo debería caérsele la cara de vergüenza ante situaciones como ésta o como la de los frisos del Partenón, el altar de Éfeso o el templo de Debod.
Desde las zonas beneficiadas, se seguirá argumentando  —cada vez con más "razón"— que los países pobres no tienen los recursos requeridos por la conservación de unos bienes que son patrimonio espiritual de la Humanidad...  Basta darse una vuelta por la España cañi, por Grecia, por Italia, por el norte de África o por la antigua Jonia (Turquía) para documentarlo con largueza.
Encrucijada diabólica...



El museo de los Claustros contiene unas cuantas piezas que hacen creer al visitante que está en un museo europeo… Entre las que más me han interesado, destacan dos capiteles califales, que acaso se hayan colocado para ofrecer una referencia cultural a la génesis del románico… Si es así, la alusión carece de sentido por razones obvias: si existen influencias islámicas en la escultura románica, ellas no pasan, precisamente, por la forma de reinterpretar  la ornamentación arquitectónica según fórmulas califales.
Los capiteles, que proceden de colecciones privadas, son de estructura derivada del orden compuesto, con soluciones ornamentales próximas. Las cartelas del museo los sitúan, a mi juicio con buen criterio, hacia el año 960.


El bote de marfil procedente de la colección J, Revertera-Salandra (y de Ernst Kofler-Truniger, Lucerna) forma grupo con otras piezas califales situadas en tiempos de Abd al-Rahman III. Otro día volveré sobre estos objetos asociados a las prácticas cosméticas y, seguramente, amorosas...

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