viernes, 13 de enero de 2012

El Macba. ¿Museo de arte contemporáneo o galería publicitaria?

Hacía tiempo que no visitaba el MACBA, tal vez, porque en Barcelona hay demasiados lugares atractivos y mis necesidades se ven mejor abastecidas en el Raval, en la Baceloneta o en las Ramblas, por donde circulan las personas que alimentan ese "seny" tan grato a quienes somos mediterráneos de secano. Además, las necesidades estéticas se alimentan mejor bajo motivaciones profesionales o cuando sobra el tiempo. No obstante, con gran complejo de culpabilidad por el tiempo transcurrido, estas vacaciones nos propusimos dar un paseo por sus salas de alba geometría.




Desde mi prisma invernal, el MACBA se ha convertido en algo muy parecido al primer Reina Sofía, para bien y para mal. Para bien, porque aún conserva la voluntad de ser un centro de gran proyección cultural y acaso lo consiga. Para mal, porque las salas contienen "lo de siempre", lo que dictan los manuales de Historia del Arte rendidos a la preponderancia del MOMA y porque comparte con el madrileño muchas de sus flaquezas y alguna más. Ahora resulta que en el interior del MACBA sólo se pueden hacer fotografías a los espacios diseñados por Richard Meier, pero no en las salas donde se exponen obras... ¿Para preservar el alma de las obras o los derechos de reproducción? Parece que sus gestores tienen claro el orden de prioridades...
Por fortuna, los ojos de Atenea captan casi todo, incluso las obras de Tàpies, que cada vez me inspiran menos interés, salvo la prevención inducida por la necesidad de circular bajo la cama desmesurada... Es sabido que ciertos artistas de arraigo catalán no se distinguen por "colgar" sus cosas con demasiada seguridad. Lo saben hasta en Suiza.
La anomalía anti-icónica, que fue casi universal en algunos lugares de Barcelona, sintoniza con otra circunstancia turbadora: la multiplicidad de carteles publicitarios de cierta entidad financiera. ¿Estará en fase de privatización...?



Al entrar en el museo el espacio de Maier deslumbra por su nitidez y funcionalidad... A la salida, al girar la cabeza y contemplar las galerías que facilitan la circulación y la difusión luminosa, me dio la sensación de que el MACBA, de blancura-pladur impoluta, se ha convertido en prisión de tercer grado, donde la popular institución financiera guarda y vigila para evitar demarrajes extremistas, como los de Hans Haacke, agitador que tuvo la osadía de enfatizar los inframundos de las acciones sociales motivadas "por amor al arte". Lo sublime es demasiado serio para dejarlo en manos ingenuas.




Pero nadie deduzca que impera la orientación elitista en la personalidad social del museo, porque aunque sean escasos sus visitantes —el vulgo prefiere la plaza de Canaletas o el centro comercial de las Arenas—, entre sus parroquianos hay un grupo de personas de manifiestas limitaciones económicas, que han convertido el espacio comprendido entre la plaza de les Camarelles y los jardines de Torres i Clavé —es decir, buena parte del complejo MACBA—en su hogar: habitan en los alrededores, hacen vida social cerca del acceso principal y guardan sus pertenencias junto a la puerta del "Aula 0". En Madrid la autoridad competente hubiera enviado un batallón de "seguratas" para expulsarlos a hostias o hubiera cerrado los accesos a las plazas, como en el "espacio Nouvele" del Reina. En Barcelona impera la mesura, por supuesto, debidamente reglamentada. Es sabido que los catalanes "de buen tono" tiran de manual hasta para mear.


Acaso lo más llamativo de cuanto pudimos contemplar fuera el proyecto comisariado por Jorge Díez, que ha convertido las paredes del museo de una pintoresca exposición de carteles de apariencia "escolar", con textos de la constitución de 1812, entre los que destaca una bandera republicana de dimensiones estimables... ¡Con la que está cayendo! Ideas como ésta justifican  hacer 600 kilómetros: incluso en un lugar tan engolado como el MACBA puede surgir la chispa sorprendente, el gesto divertido, la propuesta agitadora. Y uno, en su ingenuidad, llega a la conclusión de que merece la pena viajar a Barcelona, aunque cada vez sea más caro comer en cualquier chiringuito.

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